Todo el mundo está viendo en vivo su propia película snuff

 

Todo el mundo está viendo en vivo su propia película snuff

1. El cuerpo

Llamémosle Cuerpo 047. No porque haya 046 anteriores, sino porque ese es el número de identificación que el Productor le asignó en su base de datos local, la que corre en una laptop con la pantalla rota, pegada con cinta aislante. Cuerpo 047 ya no recuerda su nombre, aunque alguna vez lo tuvo. Hace meses que nadie lo llama por ese nombre. Los enfermeros (dos, rotativos, mal pagados) lo llaman "el de la 312". La administrativa del centro de diálisis lo llama "el expediente que nunca se cierra". Su exmujer, cuando aún llamaba, lo llamaba "eso que queda de ti". Ahora ni eso.

Cuerpo 047 tiene 54 años, pero parece tener 80. ELA. Esa es la abreviatura pulcra. Esclerosis Lateral Amiotrófica.No sólo es falla renal.  Las neuronas motoras se mueren una a una, como luces de un edificio en evacuación. Ya no puede tragar sin que un tubo se lo recuerde. Ya no puede caminar. Ya no puede rascarse la nariz cuando le pica. Puede mover los ojos, la boca (para formar sílabas ininteligibles) y los dedos índice y medio de la mano derecha. Con esos dos dedos opera un ratón adaptado, y con ese ratón maneja un cursor, y con ese cursor escribe en una pantalla.

Esa pantalla es su única ventana al mundo. También es su jaula.

El Productor, aquel ser invisible y desconocido, lo sabe. El Cuerpo 047 no.

2. El descubrimiento

Lleva ocho meses postrado. Ocho meses de turnos de enfermería, de pañales, de úlceras por presión que nadie trata a tiempo. Ocho meses de mirar el techo. Ocho meses de escribir en foros de ELA, en grupos de Telegram, en chats de desahuciados donde se intercambian dosis de morfina y consejos para el suicidio asistido que nunca llega. Sitios de eutanasia, soñando con que algún día sea legal.

Una noche, no duerme. El dolor es un acordeón que alguien aprieta y estira en sus cervicales. Entonces ve el parpadeo.

Es minúsculo. Un punto rojo en el marco de la ventana. Podría ser un LED de algo. Podría ser el reflejo del cargador. Pero Cuerpo 047 ha pasado ocho meses contando los parpadeos de cada luz en esa habitación. Conoce la frecuencia del router (cada 2.3 segundos), la del monitor de constantes (cada 0.8 segundos), la del piloto del humidificador (constante, sin parpadeo). Este punto rojo parpadea cada 17 segundos. Es un patrón irregular. Es un patrón humano.

Alguien lo programó.

Con sus dos dedos, Cuerpo 047 abre el navegador. Escribe: "cómo detectar micrófonos ocultos". La página tarda en cargar. Mientras espera, el punto rojo parpadea. 17 segundos. 17 segundos. 17 segundos.

No es un micrófono. Es una cámara.

La descubre al día siguiente, cuando el enfermero de turno (el que huele a cigarro, y le recuerda su adicción propia e insaciable a la nicotina) levanta la almohada para cambiarla. Hay una lente. Del tamaño de una lenteja. Incrustada en la tela, entre las fibras. Cuerpo 047 no dice nada. Sus cuerdas vocales ya no obedecen. Pero sus ojos sí. Mira la lente. La lente lo mira a él.

Y entonces sonríe.

Es la primera vez que sonríe en meses. Porque en ese momento entiende algo que el Productor no ha previsto: si hay una cámara, hay un observador. Y si hay un observador, hay una transmisión. Y si hay una transmisión, hay una audiencia. Y si hay una audiencia, hay una posibilidad de ser visto de vuelta. Y ser visto de vuelta es estar vivo, ¿no?

3. El Productor

El Productor tiene 34 años. No es un hombre malo, en el sentido convencional. Nunca ha matado a nadie. Nunca ha violado a nadie. Nunca ha robado un banco. Vive en un piso alquilado a veinte minutos del hospital, con su madre (ella cree que trabaja en marketing digital, pobre ingenia) y dos gatos que se llaman Bit y Byte. El Productor tiene un título en Comunicación Audiovisual y un máster en Community Management. Está especializado en métricas de engagement. Toda esta palabrería propia de las nuevas cúpulas de poder tecnócrata de la era de la hiper-informacion. Pero el tiene gustos un poco mas... morbosos que solamente eso.

Hace tres años descubrió el mercado de las transmisiones de agonía. No el snuff clásico (el asesinato explícito, el gore gratuito, o esos turbios videos donde alguien pagaba porque el verdugo hiciera lo que el pagante quisiera con la víctima, generalmente secuestrada), sino el slow snuff,  la muerte en tiempo real. Cuerpos que se apagan. Enfermos terminales, ancianos abandonados, adictos en fase final. No hay violencia. Solo espera. Solo deterioro. Eso, descubrió el Productor, es mucho más rentable que el asesinato. Porque un asesinato dura tres minutos. Una agonía puede durar meses. Y los suscriptores pagan por mes, no por minuto.

La plataforma se llama Final Cut. Está en la dark web, pero sus suscriptores son personas normales: amas de casa en Ohio, oficinistas en Seúl, estudiantes de medicina en São Paulo. Pagan entre 50 y 500 dólares mensuales por acceder a diferentes "canales". Cada canal es un cuerpo. Cada cuerpo tiene un nombre de código (Cuerpo 047), un diagnóstico, un pronóstico, y una barra de progreso que estima el tiempo de vida restante. Los suscriptores pueden dejar comentarios en tiempo real. Pueden enviar "peticiones" (gírale la cabeza, ponle música, acércale el espejo para que se vea). Pueden apostar por la fecha exacta de la muerte, divertidos, por plataformas similares a Zoom, pero de la dark web.

El Productor gestiona 12 cuerpos simultáneamente. Ha estudiado logística hospitalaria, sobornos a enfermeros, falsificación de consentimientos (Cuerpo 047 firmó un "consentimiento para fines docentes" en el momento del ingreso, cuando aún podía sostener un bolígrafo). Su margen de beneficio es del 340%. En dos años ha comprado un apartamento en la costa (a nombre de su madre) y un coche eléctrico.

Nunca ha sentido nada por ninguno de sus cuerpos. No por falta de empatía, dice. Por profesionalismo. Hay que mantener las cosas separadas.

4. La grabación de vuelta

Cuerpo 047 tarda tres semanas en ejecutar su plan.

En la primera semana, localiza todas las cámaras. Son siete. Una en la almohada, una en el marco de la puña, una en el respiraderor, una en la lámpara del techo, una en el monitor de constantes, una en la mesita de noche (dentro del vaso de agua, camuflada en la etiqueta), y una en la sonda nasogástrica (microscópica, insertada en el plástico transparente). El Productor no escatima en tecnología.

En la segunda semana, Cuerpo 047 aprende a usar su teléfono como cámara de respaldo. Lo coloca en el pecho, sujeto con esparadrapo, el lente apuntando hacia arriba. Desde esa posición, cuando levanta ligeramente la cabeza (un movimiento que le cuesta tres minutos de concentración), puede enfocar toda la habitación. Y también puede enfocar la puerta.

En la tercera semana, espera.

El Productor entra en persona una vez cada quince días. No por necesidad (todo se controla por remoto), sino por ritual. Le gusta ver a sus cuerpos en carne y hueso. Le gusta comprobar que el deterioro avanza según lo previsto. Se pone guantes de látex, bata blanca, y una mascarilla quirúrgica. Parece un médico. Nunca habla con ellos. Solo mira, toma notas en una tablet, y se va.

El día que entra, Cuerpo 047 está esperando.

El Productor abre la puerta. Cierra detrás de sí. Se acerca a la cama. Mira el monitor de constantes: frecuencia cardíaca 94, saturación 88, presión 100/60. Anota. Luego mira a Cuerpo 047. Los ojos del moribundo están abiertos, como siempre. Pero hoy hay algo distinto. Hay una fijeza. Hay un propósito.

El Productor tarda diez segundos en notar el teléfono sujeto al pecho.

Tarda tres segundos más en notar que la luz de grabación está encendida.

—¿Qué es eso? —pregunta. No espera respuesta. Sabe que Cuerpo 047 no puede hablar.

Pero Cuerpo 047 puede escribir. En la pantalla del ordenador, conectada al ratón adaptado, hay un documento abierto con letras gigantes. El Productor se acerca a leer.

"TE ESTOY GRABANDO", dice.

El Productor se queda quieto. Luego sonríe.

—¿Y eso a quién le importa? —dice. Su voz es suave, casi amable—. ¿Crees que alguien va a ver eso? ¿Crees que tu grabación va a llegar a algún lado? Tus dos dedos, tu teléfono viejo, tu conexión de hospital... Yo controlo el router, Cuerpo. Yo controlo el wifi. Yo controlo las señales. Puedes grabar todo lo que quieras. Pero nadie va a verlo.

Cuerpo 047 no se inmuta. Sus dedos se mueven. En la pantalla aparecen nuevas palabras.

"NO ESTOY TRANSMITIENDO AHORA. VOY A TRANSMITIR CUANDO ME MUERA. EN DIRECTO. A TODAS LAS REDES. TWITTER. FACEBOOK. TIKTOK. VOY A ETIQUETAR A LA POLICÍA. A LOS PERIODISTAS. A TU MADRE."

El Productor deja de sonreír.

—No puedes —dice. Pero hay una vibración en su voz. La primera vibración que Cuerpo 047 le escucha en ocho meses—. No tienes fuerza para... no puedes...

"MIS DEDOS AÚN SIRVEN. HE PROGRAMADO UN SCRIPT. CUANDO MI FRECUENCIA CARDÍACA LLEGUE A CERO, EL TELÉFONO TRANSMITIRÁ AUTOMÁTICAMENTE. TENGO 14 HORAS DE GRABACIÓN ALMACENADAS. TE VEO COMER. TE VEO DORMIR. TE VEO MIRAR TUS MÉTRICAS. TE VEO MASTURBARTE FRENTE A LA PANTALLA VIENDO MORIR AL CEREBRO 032. TODO VA A SALIR."

El Productor da un paso atrás. Sus manos, dentro de los guantes de látex, están temblando. Cuerpo 047 escribe por última vez.

"AHORA TE TOCA A TI SER EL CUERPO."

5. El trastocamiento total

Las horas siguientes son de una tensión casi bíblica. El Productor intenta destruir el teléfono, pero no puede: Cuerpo 047 ha metido la mano derecha dentro del esparadrapo, los dos dedos agarrando el dispositivo con una fuerza que la ELA no debería permitir. La muerte inminente hace cosas extrañas con los músculos. El Productor podría romperle los dedos, claro. Podría arrancar el teléfono a la fuerza. Pero entonces la transmisión automática se activaría antes de tiempo. El Productor no sabe si el script es real. No sabe si los dos dedos del moribundo son suficientes para programar algo así. Pero no puede arriesgarse.

Así que espera.

Ambos esperan.

Cuerpo 047 siente cómo la respiración se le encoge. Sabe que le quedan horas. Quizás minutos. El Productor está sentado en la silla de los acompañantes, con los brazos cruzados, mirando el suelo. Ya no sonríe. Tampoco parece asustado. Parece un contable que acaba de descubrir un error en la declaración de la renta. Molesto. Incómodo. Pero no derrotado.

Cuerpo 047 abre la boca. Le cuesta un esfuerzo enorme, pero consigue articular un sonido. Es un sonido húmedo, roto, como una rama al partirse.

El Productor levanta la vista.

—¿Qué?

Cuerpo 047 intenta hablar. Las palabras salen deformes, apenas vocales. Pero el Productor las entiende. Lleva ocho meses viendo esta boca abrirse y cerrarse. Sabe leer en esos labios secos.

—Ustedes —dice Cuerpo 047—. Ustedes ven niños muertos en Gaza mientras desayunan. Ven cuerpos bajo los escombros. Ven padres cargando bolsas blancas. Y no dejan el café. No dejan el móvil. Deslizan el dedo. Siguiente video. Siguiente muerte. Siguiente like. Esto es lo mismo. Ustedes son lo mismo.

El Productor lo mira sin expresión.

—Eso no es cierto —dice, pero su voz es plana, automática, como si estuviera leyendo un guión que no cree—. La gente de Gaza... Esto es... esto es diferente.

—No —susurra Cuerpo 047—. Es lo mismo. El espectáculo del dolor ajeno. La muerte como entretenimiento. Ustedes pagan. Ustedes miran. Ustedes no hacen nada. Ustedes son el público. Y yo soy el payaso que se muere en el escenario.

El Productor guarda silencio. Luego se levanta, se acerca a la cama, y susurra:

—No eres un payaso. Eres un producto. Un producto de alta gama. Y los productos no tienen voz.

Cuerpo 047 cierra los ojos.

Durante un minuto, no pasa nada.

Luego el monitor de constantes emite un pitido largo. Frecuencia cardíaca: 0.

6. Inevitable cierre de transmisiones

El teléfono se activa.

El Productor lo ve. La pantalla se ilumina. Un mensaje: "TRANSMITIENDO EN DIRECTO". Un contador de espectadores sube: 12, 47, 203, 1.504, 9.221. La transmisión se está volviendo viral en tiempo real. En Twitter, alguien ha escrito: "Un moribundo acaba de exponer a un explotador de snuff en directo". En TikTok, el clip ya tiene 50.000 visualizaciones. En los grupos de Telegram que el Productor mismo administraba, sus suscriptores están viendo cómo su propia plataforma se vuelve en su contra.

El Productor se acerca al teléfono. La cámara frontal lo enfoca. Él lo sabe. Sabe que en ese momento, en miles de pantallas alrededor del mundo, su rostro está siendo visto. Sudor en la frente. Ojos ligeramente inyectados. La mascarilla quirúrgica colgando de una oreja.

Espera que la gente vea miedo en su cara. O vergüenza. O arrepentimiento.

Pero no.

El Productor sonríe.

No es una sonrisa nerviosa. No es una sonrisa forzada. Es una sonrisa ancha, cómoda, la sonrisa de un hombre que acaba de abrir el regalo que más quería.

Se inclina sobre el cuerpo inerte de Cuerpo 047. Le quita el esparadrapo con cuidado, como si el muerto pudiera sentir dolor. Toma el teléfono entre sus manos. Lo enfoca hacia sí mismo. Habla mirando directamente a la lente.

—Esta cinta —dice, con la misma voz suave y amable de siempre— costará millones de dólares.

Pausa.

—Moribundo expone a explotador en su lecho de muerte. El explotador responde. Final inesperado. Los medios van a pelearse por los derechos. Netflix va a querer la serie documental. HBO va a ofrecer más. Y yo voy a vender. Voy a vender cada fotograma. Cada segundo de esta habitación. Cada lágrima que ustedes crean que están derramando ahora mismo.

Se calla. Mira el cuerpo. Mira la cámara.

—Ustedes creen que esto es una derrota —dice—. Es lo contrario. Esto es el producto final. La muerte ya no basta. Ahora necesitan la historia detrás de la muerte. Necesitan al villano. Necesitan la confesión en cámara. Y yo se la voy a dar. Por capítulos. Por temporadas. Por suscripción.

Apaga el teléfono.

La transmisión se corta.

En las pantallas de miles de personas, aparece un mensaje: "El emisor ha finalizado la transmisión".

En la habitación, el Productor guarda el teléfono en el bolsillo. Saca su propia cámara. La enfoca al cuerpo de Cuerpo 047. Toma una foto. La examina. Buena iluminación. El ángulo favorece la composición. Los labios entreabiertos, los ojos cerrados, las manos todavía en posición de agarre.

—Perfecto —susurra.

Sale de la habitación. En el pasillo, se cruza con el enfermero gordo.

—El de la 312 —dice el Productor, sin mirarlo—. Ha fallecido. Llame a la funeraria de siempre.

El enfermero asiente. No pregunta por el teléfono que el Productor tiene en la mano. No pregunta por la sonrisa.

En el coche, de vuelta a su casa, el Productor llama a su madre.

—¿Has visto las noticias? —pregunta la madre.

—No, mamá. ¿Qué ha pasado?

—Un chico en un hospital... no sé, algo de una transmisión... muy raro...

—No sé nada —dice el Productor—. He estado trabajando todo el día.

Cuelga. Abre el portátil. Revisa sus cuentas. Los suscriptores de Final Cut han aumentado un 40% en la última hora. En los foros, la gente pregunta si pueden comprar el metraje completo. Las pujas empiezan en 50.000 dólares.

El Productor sonríe otra vez. Esta vez no hay nadie viéndolo.

O sí.

En la mesa, junto al portátil, hay un cargador de teléfono. Tiene un pequeño LED rojo. Parpadea cada 17 segundos.

No es suyo.

Nunca lo fue.

7. Coda

En algún lugar del mundo, en una habitación idéntica a todas las demás, otra persona está viendo una pantalla. En esa pantalla se ve a un hombre de 34 años, en un coche, sonriendo mientras revisa sus cuentas. El hombre no sabe que está siendo grabado. Nunca lo sabrá.

El espectador, anónimo, aprieta un botón. En su chat privado, escribe:

"Cuerpo 048. Pronóstico: aún no lo sabe. Precio de salida: 200.000. ¿Alguien puja? La apuesta es en cuántos minutos chocará."

Las respuestas llegan en segundos.

Todo el mundo está viendo en vivo su propia película snuff.

Siempre lo ha estado.

Siempre lo estará.

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