El alarido de Callisto

 

"Est enim, iudices, haec non scripta, sed nata lex, quam non didicimus, accepimus, legimus, verum ex natura ipsa arripuimus, hausimus, expressimus, ad quam non docti, sed facti, non instituti, sed imbuti sumus”.
(“Ciertamente existe una ley verdadera, de acuerdo con la naturaleza, conocida por todos, constante y sempiterna... A esta ley no es lícito agregarle ni derogarle nada, ni tampoco eliminarla por completo”.)
Cicerón

Este es un presente desolador. Y es que, hace años, cuando la Tierra era un ecosistema vivo, la vida, los vínculos interespecies y sus persistencias eran algo cíclico y orgánico, basado en la regeneración, el detrito y la transformación. Nada escapaba de ese balance natural, todo era parte de una orquesta mayor. La “ley innata” que decían los estoicos. Y si algo escapaba, por la propia sabiduría de su equilibrio, volvía a su curso, a su propio ritmo. Ejemplos hay por montones en las enciclopedias antiguas o en las historias que me contaban mis padres, de aves que controlaban plagas de insectos que depredaban la flora local, elefantes que creaban fuentes de agua para ellos y otras especies, o tapires en cuyas heces también se contenían semillas que ayudaban a regenerar bosques. Todo hacía parte del todo. 

Hasta que una especie se sintió, bajo la “bendición” de Prometeo, superior al resto, y comenzó una carrera despiadada por defender su hegemonía como falsas deidades en este ecosistema vivo. Lucharon por convertirse en el centro de la existencia, en un antropocentrismo que desconoció todas las otras formas de vida. Que desconoció, incluso, el vínculo intrínseco que hay a nivel interespecie. No, todo eso se quebró. La red colaborativa que era tan propia de la Tierra dejó de existir poco a poco.


La humanidad impuso su “Razón”. Lentamente, cada una de sus maquinarias retroexcavadoras fue cavando la tumba de una especie tras otra, hasta convertir a la tierra en un cementerio, y luego en un gran ataúd. Primero fueron los animales no humanos, luego las plantas, las bacterias... La Tierra, lentamente, y con la humanidad como sus verdugos, dejó de ser un ecosistema vivo. Se volvió un desierto, un vacío, un vestigio abrasado por el Sol, un lugar inhóspito donde volvió a reinar la suma cero, el sagrado estado de naturaleza Hobbesiano, con la exaltación de la competencia, donde todo llegó a un límite tan despiadado, que hasta respirar era un privilegio mediado por el estatus económico. Y es que el aire estaba tan contaminado con dióxido de carbono, óxido nitroso y metano, que respirar directamente de él era sentenciarse a muerte. Incluso, había personas que comenzaron a suicidarse con un método muy típico de la época: saliendo de sus casas a respirar. Sólo eso. La ironía me parece muy deprimente. Morir realizando el primer acto dador de vida. Así de contradictorios son nuestros tiempos.


Estuve presente en la última protesta planetaria simultánea. Fue en el 2077, cuando yo tenía apenas 12 años. Mis padres, ambos científicos ecologistas de los círculos disidentes a la comunidad científica hegemónica, me llevaron, como primera experiencia de manifestación. El sentimiento de estar en las calles, de manera simultánea, en todos los territorios, me hizo sentir una compañía y alegría que nunca volverían. Es muy curioso que mi primera vez protestando haya sido la última para mí y para todos. El aire era tan irrespirable, que nuestras máscaras con filtros ya no eran suficientes. La policía ni siquiera tuvo que usar gases lacrimógenos u otros elementos químicos disuasivos. El oxígeno contaminado era más tóxico que cualquier herramienta de terrorismo de Estado.

La protesta no alcanzó a durar mucho antes de que tuviéramos que irnos, entre ahogos y crisis de tos, derrotados, en masa, a la incomodidad de nuestros búnker-hogares. La marcha de retorno fue lenta, lúgubre, y ante la vista del cuerpo represivo del Estado, burlándose de nosotros. La sensación de derrota fue inmensa. Ni siquiera tenemos la capacidad de revelarnos. La revolución se quedó desértica.


Nos vimos forzados a emprender retirada de la vida pública, y de las calles. Ni siquiera podíamos protestar en contra de las empresas contaminadoras, por la imposibilidad de conseguir aire estando fuera. La única manera de sobrevivir era en el encierro de nuestros hogares metalizados, de materiales ignífugos y totalmente aislados del mundo exterior. En una cuarentena perpetua, que ya ni siquiera aspirábamos a ver acabada. Lamentablemente, el ser humano es un animal de costumbre. Y nos adaptamos a este encierro.

Ante esta brutal crisis de inhospitalidad de la Tierra muerta, y sin la intervención humana constante, la flora tuvo que pasar por un proceso de mutación que significó que las especies que superaron la extinción tuvieron que modificar sus estructuras completas. Pero, en ese interludio de mutación biológica en el que la fuente dadora de oxígeno se reestructuraba, fueron miles las personas que murieron envenenadas por los elementos tóxicos del aire. En este contexto, las grandes empresas, buscando, como siempre, sacar una máxima ganancia al costo de condenarnos al sufrimiento y la muerte, emprendieron una nueva carrera, como una “guerra fría”, sobre la industria de la purificación del aire. En esto, lograron crear, de la mano con la tecnocracia de la cuarta Revolución Industrial, un dispositivo de filtro, limpieza, almacenamiento y distribución del aire. Así nació BreathOn, la gran transnacional omnipresente del año en el que les estoy escribiendo, 2090.

BreathOn surgió en — oh, qué sorpresa — Estados Unidos. Hay cosas que no cambian. Luego de que destruyeron el planeta, quisieron “arreglarlo” porque les daría más regalías vivo que muerto, y se dieron cuenta demasiado tarde. Quién diría que, en un planeta con recursos finitos, una acumulación y explotación infinita no resultan - oh, qué sorpresa, de nuevo. En fin, crearon una máquina para depurar el aire en grandes cantidades y dispensarlo a los bunker-hogares. Esta depuración funciona mediante un sistema de filtración avanzada que usa filtros de carbón activado y de ionización para eliminar gases y contaminantes biológicos. Almacenan el aire ya depurado y limpio en un tanque presurizado y, desde allí, se distribuye a los bunkers a través de un sistema de ventilación forzada, utilizando compresores y conductos o unidades de aire acondicionado centralizadas, dependiendo de las posibilidades económicas y la clase social del cliente Los sensores de calidad del aire ajustarían, en teoría, el proceso de filtrado según las condiciones externas y las necesidades del hogar, y el sistema se controla a través de una aplicación para monitorear y ajustar el aire dispensado.


El gran problema es que esta empresa, como todas, no opera por filantropía o por algún instinto de solidaridad. No. Cobran por el servicio. Les importa que sigamos vivos para poder seguir cobrándonos por vivir. El funcionamiento es que, dependiendo de la tarifa que puedes pagar, es la cantidad semanal de aire que recibes, y su nivel de limpieza. Es… ¿cómo explicarlo? Como si contrataras un plan, con el acceso limitado a la depuración a partir de eso. La sociedad de clases se sigue reproduciendo de maneras cada vez más descaradas. Bioterrorismo puro.


Comunidades científicas disidentes a BreathOn y al elitismo del aire estuvimos años trabajando en experimentos que significaran, más que reformas, una solución: una biorremediación de la composición del aire en la tierra, y que sacaran a esta empresa de su lugar de monopolio en el rubro. Logramos levantar una consigna ecologista, y trabajamos, en vez de en la construcción de una maquinaria, en la tecnosimbiosis — combinar procesos de endosimbiosis serial de la naturaleza, mediante la creación de escenarios artificiales en laboratorios con distintas hibridaciones de formas de vida que muestren resistencia y posibilidades de biorremediación y depuración del aire. Así, pudimos ayudar a que la naturaleza adaptada diera paso a unas complejas amalgamas de plantas y hongos que transforman dióxido de carbono y óxido nitroso en oxígeno.

Estos organismos, que llamamos genshoku (colores primarios o naturales en japonés), son la última esperanza para una humanidad asfixiada por sus propios excesos. A través de estos, se rompería la centralidad de la industria del aire de BreathOn, y surgirían alternativas que no significaran empobrecerse a causa de esta empresa. Y, tan importante como horizontalizar la creación de oxígeno a través de los genshoku, podríamos realizar investigaciones de otro tipo. Y desde esto viene mi relato.


Ahora, mi lugar ya no es la Tierra. Yo, Keiko Shibo, fui elegida para formar parte de la primera misión tripulada a Callisto, la helada luna de Júpiter, de la mano de los genshoku.

Quiero contar un poco de mi vida. Mis padres, Sukinushi y Hana, ambos científicos con una perspectiva ecológica, me enseñaron a ver el mundo con otros ojos, a no solo contemplarlo desde la razón, sino también desde un espacio mucho más profundo. En mi infancia, antes de la contaminación absoluta del aire de la atmósfera, solíamos ir a las montañas, a los templos de los dioses olvidados, y mi madre me contaba historias de los Kami, esos espíritus de la naturaleza que moran en cada rincón del mundo y del universo.

Aún recuerdo una de las frases más poderosas que me dijo mi madre, Hana, en uno de nuestros paseos por el santuario Fushimi Inari. Solíamos ir con mucho respeto a este lugar, ya que se decía que en cada paso que dabas, podrías estar pisando a un espíritu. Por ende, debías caminar pidiendo permiso y agradeciendo el honor de poder caminar allí. De pronto, detrás de uno de los torii, apareció un pequeño zorro, que miraba con un semblante serio y astuto. Yo, con 7 años, me emocioné mucho al verlo, sobre todo porque… ¡Estábamos en un santuario asociado con zorros como mensajeros entre humanos e Inari, el kami del santuario! Corrí hacia él, ignorando cualquier otra instrucción de cómo caminar por ese sitio sagrado. Cuando estuve más cerca del zorro, este me miró decepcionado, y desapareció. Me detuve abruptamente, y desconcertada, buscándolo en todas direcciones, sin verlo. Volteé a ver a mi madre, que caminaba ceremoniosa y calmadamente hacia mí, y me puse a llorar. Ella me apretó fuerte en su regazo.

— ¿Por qué lloras, hija?

—Porque asusté al kitsune sin querer, y yo sólo quería hacerle cariño — le respondí gimoteando. Ella rió despacito.

—¿Y para qué querías hacerle cariño?

—Para que se quedara conmigo y… y se fuera a casa con nosotras y… y… estuviera siempre conmigo. -—Mi madre me soltó con suavidad, se paró frente a mí, y se agachó.
—Hija, tienes que aprender que, aunque lo tocaras y le hicieras cariño, no todo lo que tomas se queda contigo. No puedes tratar de ser dueña de todo, ni controlar todo. — me sequé las lágrimas con mis mangas. — además, quizás lo que viste fue un espíritu, ¡y claro que se espantó al verte corriendo! Nunca olvides caminar con respeto en lugares así. — asentí en silencio, y continuamos nuestro paseo, esta vez respetando el ritual de transitar en el santuario.


Ella murió pocos años después de la instalación de BreathOn en todas las casas. Su sabiduría, sin embargo, germinó en mí. Todos me dicen que me parezco mucho a mi madre. No solamente por el cabello negro y ondulado, tan raro en este lugar, ni por la manera de tatuarnos dos puntos rojos en el entrecejo, como simbolismo de dos ojos mirando hacia el sol, sino que por mi búsqueda de conectar lo biológico con lo sagrado.

Lecciones como la que conté de mi madre eran muy usuales entre mis padres y yo. Quizá por eso mi curiosidad por lo que está más allá de lo visible es tan fuerte, así como mi necesidad de actuar con respeto. Por eso ahora, en mi adultez, soy parte de este nuevo proyecto de la JAXA - Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial -, desde el rol de astrobióloga, que es mi ocupación actual. Una ciencia muy particular, que se reforzó en los últimos 40 años, después de que en la Tierra muchas especies desaparecieron, y surgiera el desafío de estudiar vida fuera de la atmósfera, sus condiciones, cualidades y mecanismos de subsistencia.

El simbolismo de los genshoku como "simbiontes" no se me escapa. No solo son organismos “relativamente diseñados”, en ambientes de laboratorio controlados, para generar oxígeno y vida en lugares inhóspitos, como la luna helada de Callisto, a la que tenemos cronogramado viajar, sino que son una metáfora de lo que fuimos, de lo que dejamos de ser, de lo que podríamos volver a ser. La Tierra, al igual que esos simbiontes, tenía algo dentro de ella, algo orgánico que fue perdido cuando la humanidad la despojó de su esencia. Así que aquí estamos, buscando recrear lo que se creía irrecuperable, confiando en que podemos manipular lo que el tiempo y la naturaleza han creado. Pero, al igual que la Tierra, Callisto tiene sus propios deseos, sus propios ritmos. 


Este día, mi padre me acompaña hasta el Centro espacial de Tanegashima, desde donde vamos a despegar. Vamos con nuestros Sistemas de soporte vital portátiles, caminando por los paisajes anaranjados de una madrugada seca y carente de vida. Todo parece suspendido, menos nuestros pasos pesados en el suelo desecado que habitamos. Él, de 60 años, es una de las personas más viejas de todo el país. La esperanza de vida es de 50 años. Y aquí está, caminando junto conmigo, posando en mi todas las esperanzas de que algún día todo sea diferente.

 Al llegar, lo abrazo fuerte, y ambos lloramos. No sabemos si a mi retorno nos volveremos a ver. Ni siquiera sabemos si voy a retornar.


El despegue es desde una nave Orion, en dirección a la estación espacial de Callisto, Lunar Gateway. No es una nave nueva, ha sido usada para otras misiones exploratorias, así que tiene algunos centenares de UA encima, pero es segura, sobre todo para transportar dispositivos “probeta”, como lo son nuestros amigos genshoku. Nuestra pequeña tripulación de cuatro miembros está emocionada. Compartimos una esperanza. Un despegue amigable, como muchos otros. Unos leves mareos mientras la nave se estabiliza y nos acostumbramos a los cambios en la gravedad.


Miro a mi lado izquierdo, y está este hombre de rostro suave y cordial, pero mirada oscura e implacable. Su tez seria en su piel color oliva claro se me hace, sin embargo, muy cálida. Me mira de vuelta, entre sus mechones oscuros que escapan rebeldes de la malla del traje. Nos sonreímos. Es Tetsuo, el ingeniero en mecánica aeroespacial. Me toma de la mano, y al apretarla, suena el material del traje espacial. Nos reímos. Nos miramos, nuevamente, pero esta vez con expectación y entusiasmo, y es que desde niños soñamos con las historias que nos contaban nuestros antepasados. Con mares inmensos que no tenían fin. Con bosques llenos de todo tipo de vegetación y animales salvajes deambulando libres.
Soñábamos con poder respirar sin que eso implicara una deuda a fin de mes para nuestros padres. Sin que significara morir.


—Tenemos que salvar el mundo cuando seamos grandes. —me dijo él una tarde, a los 13 años, mientras mirábamos, impotente, cómo la empresa iba a reducir el plan de depuración de aire en su casa.

—¿Y cómo podemos hacerlo?

—No sé, sólo soy un niño jaja, ya pensaré en algo. Dame tiempo. Pero tenemos que prometernos que vamos a salvar el mundo. ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.


Sellamos el pacto con un infantil movimiento de manos, a la vez que el BreathOn de su casa comenzaba a andar, más lento que antes.


Esa promesa nos tiene en la nave Orión, surcando todas las capas de la atmósfera. Tomarnos de la mano ahora significa invocar al recuerdo de esa promesa, 13 años después, y darnos coraje.

Luego de algunas horas de viaje, logramos divisar a la distancia a Callisto, que brilla majestuosa desde la distancia, como una joya imponente esculpida en hielo y escarcha. Está ahí, orbitando, como un cuerpo celeste rodeado de glitter, casi irreal. Aunque su temperatura es gélida e inhóspita, la JAXA considera que su estabilidad tectónica relativa la convierte en un lugar prometedor para la colonización científica. Mi labor aquí consistirá en implantar y supervisar los genshoku dentro de la base de investigaciones. Y, si todo sale bien, hacia el exterior. Es una tarea sencilla en teoría: asegurarme de que los simbiontes produzcan suficiente oxígeno para la tripulación mientras intentamos recrear un ecosistema rudimentario bajo la cúpula de cristal, lo que nos permitirá, a la vez, estudiar los glaciares y los vastos campos de hielo de esta luna.


Nuestra misión científica tiene dos objetivos principales: primero, emular en la Tierra las condiciones que podrían dar lugar a la formación de glaciares similares a los de Callisto, con la esperanza de mitigar la crisis hídrica. Segundo, evaluar la potabilidad de estos glaciares y explorar si es viable transportarlos a nuestro planeta. En el peor de los casos, consideramos a Callisto como una posible alternativa para asentarnos, gracias a sus vastas reservas de agua en estado sólido. Esa es la investigación desde la JAXA. La investigación desde quienes diseñamos los genshoku es otra: estudiar el comportamiento de estos simbiontes en distintas condiciones y atmósferas, así como mantener oxigenada la estación espacial. Garantizan la habitabilidad de nuestra base y nos permiten estudiar cómo adaptarnos a este ambiente extremo con miras a transformar Callisto en un lugar habitable.

 

El aterrizaje es extrañamente tranquilo, sólo que, pese a los trajes térmicos, se siente el frío de nuestro cuerpo celeste a investigar, dándonos la bienvenida a sus condiciones climáticas usuales. Tetsuo y yo caminamos de la mano, más que nada para que él pueda afirmarme. La gravedad aquí es un 12% la de la Tierra, y si bien hemos entrenado por más de 3 años en aviones de gravedad reducida, no es tan fácil, para mí, pasar de pesar 60 kilos, ¡a pesar 7,6!


Logramos, a saltos, y aprovechando de contemplar, desde la superficie lunar, la magnitud de Júpiter y sus otras 94 lunas, llegar a la estación espacial, donde nos esperan dos astronautas que se encuentran realizando investigaciones en ella. Una vez instalados en la cúpula de cristal, habiendo comido y descansado, damos inicio al experimento de campo.

Todo comienza a darse de manera prometedora. Ubico a los genshoku en una zona controlada de la estancia de la estación, y los simbiontes respiran, se adaptan y generan oxígeno para nosotros. Mirai, una de las astronautas que están aquí desde antes de nuestra llegada, alta, delgada de rasgos finos y fríos, y de cabello corto y anaranjado, se asegura de esto último, al reducir el nivel de depuración de CO2 de la nave, para ver cómo van los niveles solo con los simbiontes.


—¡FUNCIONA! Es increíble — grita asombrada, mientras se acerca a mirarlos de cerca. — Durante años hemos gastado electricidad y dinero en mantener las máquinas de BreathOh funcionando todos los días, para que estos pequeñitos de la naturaleza lo realicen sólo existiendo…

—Dría que es un milagro, pero es el resultado de las investigaciones de Keiko —. dice Tetsuo, mientras me despeina y se ríe.

—¡SUELTAME! No sabes cuánto cuesta peinarse sin gravedad. — respondo intentando peinarme. — Pero sí… justamente por eso construimos todas las condiciones atmosféricas en laboratorio para propiciar la creación de estos genshoku, Mirai.
—¿Y cómo se les ocurrió realizar algo así? Combinar distintas formas de vida…
—No “se les ocurrió”. — interrumpe Mukashi, el otro astronauta que está hace más tiempo aquí, junto a Mirai. Debe tener unos 45. Es de rostro reflexivo, algunas canas en su cabello azul y su bigote se asoman. — Esto es algo que siempre se dio en la naturaleza antes de la sexta megaextinción y las condiciones ecosistémicas hostiles. Las hibridaciones y las simbiosis son hasta la base de la evolución humana. Endosimbiosis en serie, se llama. — Se acerca silencioso a mirar a los simbiontes, para luego mirarme, y hacer una señal de aprobación, antes de irse, dejando en el lugar una extraña aura de misterio. Todos lo miramos, intrigados, hasta que decidimos seguir hablando y poniéndonos al día respecto a nuestras investigaciones, avances, y vidas.


Antes de dormir, me decido a escribir una bitácora en donde todas las noches iré anotando las observaciones que tenga de los genshokus. Anoto cómo fue su aterrizaje y comportamiento óptimo, y me meto a la cápsula de descanso, exhausta. El cuerpo humano es muy lento para adaptarse a los cambios en el medioambiente.


Fin del relato en primera persona: Keiko Shibo.


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Nota: Los siguientes son algunos fragmentos de la bitácora de Keiko Shibo encontrada en la estación espacial Lunar Gateway en la misión de recuperación de residuos biológicos NR-X07-172.
Data: 2090.
Año de recuperación: 2100.
Tiempo entre el material y su recuperación: 10 años.
Condiciones: Óptimas.
Observaciones adicionales: Fragmentos de
genshokus alrededor de la bitácora.

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Bitácora: día 6:

Todo ha avanzado sin problemas. Ya ni siquiera necesitamos encender el depurador de BreathOn. Confiamos plenamente en los genshokus para asegurar nuestra subsistencia, despertar el día de mañana, y seguir estudiando los glaciares y el estado de las aguas de esta hermosa luna jupitereana. Estamos haciendo descubrimientos importantes, que espero puedan devolver la esperanza de un futuro mejor.


Bitácora: día 7.

Algo me incomoda con el paso de los días, y no solo a mí. Y es que los genshokus han empezado a reaccionar de formas inesperadas. Han estado extendiéndose, milimétricamente, fuera de su recipiente, hacia las paredes, realizando movimientos muy extraños, similares a respirar, o a palpitaciones. Yo interpreto que lo hacen como si buscaran "sentir" el entorno, inscribirse en él. Seguiré observando este comportamiento, para dar con alguna explicación. Al menos, siguen con un buen trabajo de depuración del oxígeno en la estación espacial, y eso nos permite salir a realizar las investigaciones en los glaciares lunares.


Bitácora: día 8.


Los genshokus se siguen expandiendo de maneras más evidentes. Ahora a toda la tripulación le es incómodo, pero evitan el tema. Sobre todo Mirai, que es la Comandante, pero lo evita, a toda costa. Ha dejado de interactuar con los simbiontes, pese a que el primer día los miraba con admiración. Creo que les tiene miedo. Puedo ver cómo, al realizar acciones en la estancia donde están los simbiontes, los mira de reojo, o entre el rabillo del ojo, con nerviosismo, pero nunca de frente. Al preguntarle si está bien, se rió nerviosa, me dijo que sí, y se fue flotando de vuelta a la cabina principal. Me gustaría mucho poder saber realmente qué opina. O qué opina cualquiera de la tripulación…

Intentamos racionalizarlo como que es el instinto de esta hibridación simbionte, al provenir de especies que tuvieron que adaptarse a condiciones terriblemente hostiles. Sus filamentos verdes y marrones alrededor de las paredes, intentando salir por las puertas, pulsan con una energía que no había notado en los laboratorios terrestres en los que solían vivir. Me desconcierta. 

Tetsuo hoy me vio en un momento en el que tuve una crisis de ansiedad, porque, al menos para mí, esto significa que las cosas no están saliendo tan bien. No, al menos dentro de lo esperable. Me abrazó y me dijo que probablemente es una adaptación a la baja gravedad. Que debo respirar y esperar a ver cómo evoluciona esto. Pero… ¿y si evoluciona para mal?

 Intentaré estudiar estos factores, y mantener la calma.


Bitácora: día 12.

Mis compañeros lo llaman paranoia, intentando bajarle el pelo a la situación en medio de bromas, pero sé que algo no está bien. Yo siento otra cosa de a momentos: una presencia, un murmullo sutil que emana de ellos. Los simbiontes no solo generan oxígeno, sino que parecen… sentir. Como si se alimentaran de algo más. No puedo explicarlo. Es como si supieran, en su naturaleza biológica, que no estábamos aquí para convivir con ellos, o aprender de ellos, sino para extraerles lo que necesitamos, usarlos como herramientas. No sé si me estoy volviendo loca, o estoy desvariando, pero sigo sin poder encontrar una explicación científica a esto. Y, por alguna extraña razón, Mukashi es el único de la tripulación que no ha expresado sorpresa o incomodidad alguna con todo lo que está pasando.


Guarda el mayor silencio y se aísla usualmente. Lo que sí, es que no rehuye de mirar a los genshoku, como el resto de la tripulación, que busca ignorar el hecho de que están ahí, ahora en el suelo y los techos. Mukashi los mira, y les hace reverencias. Puedo jurar, incluso, que a veces lo escucho hablar con ellos. Sigue deambulando entre la nave con total calma. A veces incluso pareciera que veo que se mueven en sincronía él y los simbiontes, como si estuvieran nadando en las mismas aguas.



Bitácora: día 15.


Necesito anotar mis sueños, de ahora en adelante. Sé que dije que usaría esta bitácora para anotar los progresos del híbrido, pero creo que mis sueños y eso están relacionados.

Veo, en mis sueños, a una figura alta y etérea caminando por un entorno oscuro y cristalino. La figura está vestida con lo que solo podría describir como una prenda hecha de luz y sombras. En sus movimientos, se liberan, casi imperceptibles, constelaciones diminutas que producen destellos, al igual que su entorno cristalino y hermosamente desolado. Se me presenta, hablándome mentalmente. Es Mokusei, el kami, el espíritu de la luna de Callisto. Lo asocio con la figura mítica de Gaia, la guardiana de la Tierra cuando estaba viva. El kami no habla, pero su presencia es tan imponente que no necesita palabras. Parece advertirme, recordarme que no todo en la vida es manipulable. No todo puede ser convertido en algo útil para el hombre. Y me recordó lo que mi madre me decía de niña: “No todo lo que tomas, se queda contigo”.


 
Bitácora: día 16.


En la expedición de reconocimiento de los glaciares, encontramos las primeras señales de vida pasada. Bajo las capas de hielo que rompimos para analizar, descubrimos pequeñas barcazas congeladas. También descubrimos, de sorpresa, la existencia de compuestos orgánicos que sugieren que Callisto podría haber sido hogar de microorganismos complejos hace eones. Tetsuo y yo discutimos el potencial de esta revelación. Le dije que si logramos revivir esos microorganismos, podríamos aprender cómo sobrevivieron en condiciones tan extremas. El me respondió que, más allá, podríamos realizar investigaciones de terraformación para emular en Callisto las condiciones atmosféricas de la Tierra antaño, y habitar el planeta, para huir de la Tierra muerta. 

Sin embargo, el Mokusei de mis sueños parece resistirse a nuestras manos humanas. O, más bien, a planes como el de Tetsuo.



Bitácora: día 20.


La tercera semana trajo consigo los primeros signos de desastre innegables y evidentes de toda la tripulación, que empiezan a poner en riesgo no sólo nuestras misiones aquí, sino que nuestra propia supervivencia.


 Los genshoku dejaron de producir oxígeno de manera eficiente. Hemos tenido que habilitar nuevamente la máquina de BreathOn, lo que significa, temporalmente, un gran fracaso para mí. La sección de investigaciones de Astrobiología de la JAXA me llamó hoy, indignada, para regañarme. Tuve que decirles que es sólo un desajuste, que es algo que puedo arreglar en laboratorio, reacomodando la simbiosis provocada. Sin embargo… no sé si puedo hacer eso, porque no tengo idea de qué es lo que está saliendo mal.

Las hojas comienzan a marchitarse, los hongos a segregar esporas negras, espesas, que se vuelven una sustancia oleosa en las superficies materiales. Todo intento de reactivarlos o resetearlos es en vano, de momento.


Mirai me aconsejó hoy desechar a los simbiontes. Arrojarlos por el ducto de desechos químicos, y olvidarlos. Me dijo esto mientras intentaba acceder a la pantalla de conexión con la tierra, que estaba tapada por filamentos y ramas de los genshoku. Las fue tirando una a una, molesta. Tetsuo estuvo de acuerdo con desecharlos, y se ofreció a ayudarme a sacarlos. Yo volteé a mirar el recipiente de vidrio donde todo comenzó. Ni siquiera sé si, sacando la base original de esta forma de vida, podré darle muerte, y si cada uno de los filamentos que recorren la estación espacial ya tiene vida propia. No sé cómo reaccionar, y lo peor de todo es que me siento más bloqueada que nunca.


Bitácora: día 25.


03:00 am

Hoy no puedo dormir. En parte, porque es una noche particularmente gélida, y en parte porque tuve otro sueño inquietante, que me hizo despertar y querer escribirlo.

En el sueño, voy caminando por un bosque inmenso, oscuro, color verde petróleo, con destellos de escarcha en el piso. El cielo es totalmente oscuro, y lo único que se ve es un planeta gigante, tan gigante, que alcanzo a ver sólo una parte de su diámetro. Mi vista se divide entre este fragmento diametral y un cielo negro.


Vuelvo la atención al bosque. Está formado por los mismos genshoku, de los que salen distintas ramificaciones y distintas especies de fauna, fungi y mónera. Mientras paseo por el lugar, en donde todo parece estático, veo pequeños pozos de agua entre ramas. En ellos, texturas inimaginables se entrecruzan, y se esfuman, para formar otras. Esto no es solo un bosque; las plantas y los hongos emiten susurros, se comunican entre ellas, en un idioma totalmente indescifrable para mí. Quizás los bosques nunca fueron sólo bosques. O sí lo fueron, pero dentro de la palabra bosque están contenidas muchas más nociones y relaciones de las que creemos. Yo no conozco los bosques más que desde documentales, libros, o relatos.

 Una figura se alza entre los pozos de agua y la fauna miscelánea e inmensa. Mokusei, el kami, vestido esta vez de ramas y estas texturas naturales. Me habla sin palabras, transmitiendo una emoción de profundo rechazo. Durante un rato, que pareció eterno, sólo me miró.

“No son bienvenidos”, sentí que dijo. Me inclino, para mostrarle respeto, y le pregunto, desde la sincera incertidumbre y congoja, el porqué de esto. Me responde, con desdicha “siguen intentando manipular la naturaleza a su antojo. No han aprendido nada”. Sin ojos, siento que me mira con desaprobación y lástima. ¿Tendrá algo que ver con lo que me dijeron Mirai y Tetsuo hoy, de “dar muerte” a los genshoku? Quise preguntárselo, pero él, de alguna manera, leyó mi duda, y me respondió “Sí. E incluso, más allá de eso… ¿que los trajo hasta aquí? ¿No es acaso la manipulación de la naturaleza? ¿No siguen sintiéndose el centro del mundo, incluso estando fuera de su mundo?”, me dijo desafiante.

Me quedé de pie, mirando este bosque, sin saber qué responder, y sintiendo profunda vergüenza de mí misma. Él se dio media vuelta, no sin antes decirme “váyanse antes de que sea demasiado tarde para todos”.

Desperté, sudando en el frío perpetuo de Callisto.

Tenemos que irnos.


Fin de la bitácora.

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Retorno del relato en primera persona: Keiko Shibo.

 Estoy en vela. Recuerdo las enseñanzas de mis padres. Incluso, recuerdo la promesa de salvar al mundo que nos hicimos con Tetsuo. ¿Cómo puedo salvarlo si sigo esclava del antropocéntrico incluso en otros planetas?

Apenas Tetsuo despierta, me acerco a contarle mi sueño, desesperada, insisténdole en que tenemos que irnos, y le pido que me ayude a convencer al resto de la tripulación. Él me mira con escepticismo, hasta que, por cansancio, ante mis súplicas, accede a que hablemos con el resto. Convocamos a una reunión extraordinaria para después del desayuno.

Vuelvo a contar mi relato del sueño, junto con los otros sueños, las reflexiones que he tenido y comparto mis observaciones de las últimas semanas. Los otros tripulantes me escuchan en silencio, asintiendo de a ratos. Dejo de hablar, para ver qué me dicen, y, extrañamente, ninguno parece sorprendido. Al contrario, confiesan haber tenido sueños similares. Es por eso que algunos evitan la sala principal donde creíamos aún controlar los simbiontes.


—Yo nunca tengo sueños, pero estos últimos días han sido terribles. Al principio pensé que era porque estas ramas colgando de los techos se ven un poco asquerosas y espeluznantes… Pero en sueños empezaron a hablarme. ¡Hasta me dijeron asesina! — dijo Mirai, escandalizada.

—Tan equivocado no está. —respondió Mukashi, con tono crítico. — No dudaste en aconsejar a Keiko que desechara a los genshoku que cuando llegó adoraste tanto. Del amor al odio, del odio al asesinato…

—Eso no me hace una asesina, no seas ridículo. Sólo estaba buscando una solución.
—En buscar esa solución se te olvidó que los simbiontes están vivos. Y que, si están actuando de otra manera, hay una causa. ¿No se supone que eres científica? ¿Es más importante tu comodidad? — Mukashi está alterado, y nunca lo habíamos visto así antes. Toda la tripulación guarda silencio luego de ese regaño, y Mukashi lo aprovecha para continuar. — Hay ciclos que tienen su propia sabiduría, y jugar a ser dioses no sólo va a alterarlos, sino que va a tener consecuencias, que no conocemos, y que no sabemos si podemos afrontar. Si abandonamos la estación espacial ahora, esta hibridación VIVA va a quedar aquí, a la deriva, y no sabemos si va a sobrevivir, o qué es lo que podría pasar si, por algún motivo, rompiera las paredes de la estación, y entrara en contacto directo con la atmósfera de Callisto. Puede alterar su composición bioquímica, incluso. Es muy peligroso.
—Pareciera ser que, entonces, estamos en una aporía. Es peligroso irse, y es peligroso quedarse. - responde Mirai.

—¿Por qué es peligroso quedarse? No han mostrado ser una amenaza para la humanidad — señalo yo, quien, pese a querer que nos vayamos, sigo confiando en los simbiontes.
— Que no haya sucedido algo, no significa que no pueda suceder. — me responde Tetsuo, mirándome con preocupación. — De todas formas, ¿no eres tú la que está tan desesperada en que nos vayamos?

—Sí, pero no porque desconfíe de los genshokus…

—Ah, claro. Por lo que te dijo un supuesto espíritu que te habló en sueños. — me responde Tetsuo irritado, escéptico y burlesco.

—Independiente de todos los sueños y sensaciones que tengamos, somos científicos.

Trabajamos a partir de lo comprobable. Y lo comprobable es que, de momento, no ha mostrado tendencia a ser peligroso con nosotros. — responde Mirai.


Mira al suelo largo rato, con las manos en la cintura. tiene puesta la parte de abajo del pantalón, y arriba usa una musculosa negra. Se ve muy imponente con esa vestimenta y ese lenguaje corporal. Luego de varios segundos, suspira.

—Tripulación, yo soy la comandante, y decido que nos quedaremos aquí y trataremos de dar solución a este problema. Es mucho más grave el riesgo de alterar la bioquímica y atmósfera de una luna. No podemos dejar una vida a la deriva en un lugar como este. Es poco ético y va contra las reglas.

—¿Hay algo así como un manual que hacer en un caso tan nuevo como este? — pregunto, desde la ignorancia.

—No, porque realmente esta es una situación sin precedentes. Pero si se habla de dejar cualquier forma de vida creada en una estación espacial, y la regla es cara: No se puede. O se regresa, o se aniquila.

La mayoría decide que lo mejor es seguir en la estación, suspendiendo temporalmente las investigaciones sobre los glaciares, y enfocándonos en retomar el control sobre el crecimiento y funciones de los genshoku. En el peor de los casos, aniquilarlos.
De pronto, la mayoría se da ánimos exclamando que somos más fuertes que cualquier espíritu, replicando el orgullo arrogante y soberbio de Prometeo. Mukashi, que estaba de acuerdo con quedarnos a subsanar nuestro error, al descubrir que el motivo por el cual la mayoría quiere quedarse es esa arrogancia tan antropocéntrica, cambia su expresión facial, y suspira con cansancio. Me acerco a él, interesada por saber qué es lo que puede decir.

—Ese antropocentrismo es precisamente lo que nos ha llevado donde estamos… y al parecer seguimos atrapados en él.

—Lo que me dices es muy similar a lo que me dijo el Kami de Callisto en el sueño que les conté hace un rato, ¿sabes?

—Lo sé, y eso es lo que más me preocupa.


Guardamos silencio durante un rato, mientras nos atamos los pies a unos soportes, para intentar sentarnos, y sentirnos acompañados por nuestra resignación.  Siento el sabor amargo de la saliva que aparece adportas de una mala noticia.


Mukashi, ¿estamos perdidos entonces, ¿verdad? — él sólo me mira, esboza una pequeña sonrisa que no le llega a los ojos, y asiente. Respiramos pesada y profundamente al mismo tiempo, mientras miramos hacia la nave, rodeada por los filamentos hibridados.

Todos los días han sido agotadores. Porque todos los días han significado un fracaso. Los simbiontes ya no depuran el aire en lo más mínimo. Estoy experimentando encerrarlos en pequeñas cápsulas selladas al vacío, a ver cómo se comportan ante la ausencia de oxígeno. Y nada. Parecen haber mutado con una velocidad y capacidad de adaptabilidad genética increíbles, incluso envidiables. En una circunstancia menos urgente, podríamos haber pensado en estudios sobre regeneración y mutación genética con fines médicos. Pero… estamos siendo totalmente invadidos por el simbionte y necesitamos encontrar una manera de frenar su crecimiento cuanto antes. De eso, nada, no entiendo cómo funcionan, cómo sobreviven, cuál es el alimento de sus células. Son un absoluto misterio. Intento con dejar pequeñas muestras en varias cápsulas de Petri y ver sus reacciones a otros estímulos o elementos. Pareciera que ya no reaccionan con nada más que con ellas mismas, como si se estuvieran convirtiendo en un organismo en una fase autopoiética.

He llegado a pensar que podrían ser espíritus encarnados y que por eso la ciencia humana no alcanza a captar absolutamente nada de ellos. Se escapa de nuestra racionalidad, quizás, porque no pertenece a su reino, a nuestro reino, sino a otra dimensión, en donde los límites de lo posible se hacen más difusos, y responden a otras leyes.

El desastre final es tan repentino como inevitable. Casi como por intuición, me rindo, y me entrego a creer que son espíritus, y comienzo a rendirles devoción silenciosa, como un ritual de respeto hacia ellos, y mortuorio para mí. El resto de la tripulación deambula entre la resignación, la desesperación, y la ira. Tetsuo está furioso. Conmigo, con la vida, con el fracaso al que nos enfrentamos ahora. Me enrostra una y otra vez la promesa que nos hicimos cuando niños. Yo… yo hago voto de silencio, así que solo lo miro mientras me grita, enojado, espero a que termine, me acerco, y acaricio sus mejillas. Se pone a llorar. Me abraza. Lo abrazo.


En este cese voluntario de voz, siento que comienzo a entender con más claridad. No hay solución ahora, porque siempre hubo un problema en todo esto. En crear vida, en controlar milimétricamente cada detalle, en manipular, intervenir, someter. En la irresponsabilidad tremenda de venir a otro planeta a perpetuar lógicas humanas que destruyeron nuestro propio planeta, pensando que la mejor solución sería exportar nuestro modelo jerárquico a otros planetas, en vez de cambiarlo en el propio. 

En este cese voluntario de voz, siento que conecto con Mokusei, el espíritu de Callisto. De a ratos de manera fugaz, de a ratos con trances intensos. Que me ha perdonado, y que está dispuesto a hacerse cargo de las ruinas de esta estación espacial, que emprende su devenir lento hacia ser basura cósmica.

 Mokusei me regala visiones esplendorosas de las formas de vida que había antes en Callisto. Especies distintas, con formas fantasiosas, conviviendo en vínculos de competencia y de cooperación, como es lo propio de la naturaleza.

 Me cuenta que esta es una luna que está en proceso de regeneración. Que no es primera vez que sus formas de vida parecen totalmente apagadas y sus fuerzas agotadas. Me muestra que es el sexto ciclo. Que no hay forma de vida alguna que deje la muerte como único resabio. Aunque, en lo aparente, esté quieto, la quietud nunca es total. Siempre hay algo moviéndose, transformándose.


Me siento tranquila y plena, incluso en un momento de tanta catarsis, incertidumbre y abandono como este. Todo lo que he aprendido en el silencio me lleva a pensar que la promesa que hicimos con Tetsuo no ha sido rota. Nunca debimos hacerla. No hay mundo que salvar. No por nosotros a solas, al menos. Y, a la vez, lo hemos salvado, al renunciar, por voluntad o por arrastre, a un experimento que implicaba eugenesia y jugar con otras vidas.

Llamo a Tetsuo a mi recámara, quien llega, perturbado, pálido, y con los ojos rojos de tanto llorar, enfrentado a lo inevitable. Le comparto todo lo que he vivido, esperando que en mi relato pueda sentir algo de la paz que ha llegado a embargarme. Pero no. Se altera. Me acusa de loca, de delirante, y se aleja, dejando la puerta de mi recámara abierta, y un pequeño frío por el vínculo que ha sido quebrado.


Quizás el sí rompió la promesa.


Los genshokus, ahora impulsados por una voluntad sobremundana, extienden sus filamentos por los sistemas de soporte vital de la estación espacial. La base muestra señales terminales de fallas, y con cada hora, el oxígeno se hace más escaso. Intentamos enviar una última transmisión a la Tierra, para dar sobreaviso, pero desde hace días que la señal ha estado inestable, y hoy ha terminado de perderse. Callisto parece habernos aislado por completo.

Mis compañeros de tripulación mueren uno a uno, irónicamente ahogados por la falta de aire. Mirai muere mirando por la ventana a Júpiter, contando cómo desde niña siempre odio a ese planeta gigante que se las da de alumbrado en la Vía Láctea. “Siempre me gustaron los planetas más pequeños”, me cuenta, mientras mira, y respira con dificultad. “¿Por qué?”. “Porque así podía recorrerlos por mi cuenta. Cuando recorro algo, lo conozco, y al conocer, confío. Nunca confié en Júpiter.”

Mukashi, por su parte, muere calmado, junto al recipiente de los genshoku donde todo comenzó. Quiso dejar su mano dentro, a ver si, de alguna manera extraordinaria, de su cadáver y el simbionte se daba una nueva hibridación en el futuro. Una que no cometiera nuestros mismos errores, y, sobre todo, que no tuviese forma humana.


Tetsuo, el salvador fallido del mundo, muere solo. No lo veo, no lo escucho. Me deprime mucho recordar que llegamos de la mano, y que ahora, en nuestro tránsito al no-ser, nuestras manos ya no se acompañan. “No todo lo que tomas se queda contigo”. Lo sé, mamá, lo sé, Mokusei. Sonrío con amargura con la reminiscencia de su inocencia de infancia.


Yo, atrapada entre el frío y la falta de aire, no puedo dejar de pensar en esa figura, en cómo el simbionte se ha transformado en algo mucho más grande, en algo que había dejado de ser una simple creación humana. En algo que, de alguna manera, había cobrado vida propia. Y, desde su artificialidad de hibridación probeta, logra conectar con el Kami. Porque eso fue lo que pasó, por lo que logro intuir. El genshoku pudo adaptarse a condiciones tan brutalmente inhóspitas gracias al espíritu de Callisto.


En mis últimos momentos, rodeada de sombras y gélido silencio, termino de convencerme que el Kami del sueño no es solo una figura onírica. Es la manifestación de la sabiduría de la luna, y de su rechazo hacia nuestra presencia desde el lugar de invasores y colonizadores, una respuesta a nuestra insistencia en transformar y depredar incluso los lugares más inhóspitos, sin contemplar sus equilibrios, formas microcósmicas, ritmos y procesos regenerativos. Quisimos regenerar, pero para nuestra propia subsistencia, siendo egoístas, una vez más. Callisto no es nuestra para habitarla. Quizá nunca lo será.

Me enfrento, con calma y entrega, a esta verdad cuando la base queda en silencio, cuando solo quedamos los ecos de lo que alguna vez intentamos ser. Pero lo que no entendemos es que cada luna, cada ecosistema, tiene sus propios ciclos y sus propias leyes. La ambición humana no puede gobernarlo todo.

Mi último pensamiento no es de miedo, sino de resignación. Una resignación tranquila que ha logrado conectar con una forma de comprensión más allá de lo racional. Tomo algunas de las ramas del genshoku, y me amarro a una de ellas, para quedar fija en una de las paredes de la estación. Respiro, exhalando por la boca, recordando las texturas, colores y formas de los pozos de agua de mis sueños. Siento cómo los filamentos del genshoku crecen alrededor de mi cuerpo y sobre mí, y cómo comienzo a fusionarme con él.

De pronto, en un último suspiro, siento cómo el genshoku comienza a desvanecerse, y yo junto con él. Si es un espíritu, como sospeché, pude pensar con alegría, antes de recuperar la conciencia siendo ese pozo de agua, rodeado de la escarcha suave y delicada de la luna de Callisto.

 

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