¿No somos todxs cyborgs?
Quiero comenzar este relato cuestionando el concepto de “cyborg”, porque existen muchas formas de entenderlo. ¿Por qué? Por mi experiencia personal. Soy una de las cuatro personas en China que, tras un accidente y una parálisis medular crónica, logró volver a caminar gracias a un implante neural experimental. De algún modo, eso me permitió recuperar el estatuto de “ser humano”. Ya no me miran con lástima, sino con extrañeza. Y es que, para la mayoría, tampoco soy plenamente humano si dependo de una máquina para funcionar.
El procedimiento, explicado de forma sencilla, funciona así: un equipo de científicos en China desarrolló un "bypass neural", una especie de puente electrónico que permite a personas con parálisis volver a caminar. El sistema parte de un implante cerebral que detecta las señales del pensamiento —por ejemplo, “quiero moverme”—, las envía a una computadora que las traduce y, mediante electrodos instalados en la médula espinal o en los músculos, estimula el movimiento sin necesidad de que intervenga la médula dañada. Tras años de ajustes y pruebas, entre 2023 y 2025 lograron lo que muchos ya llaman una solución definitiva.
Sin embargo, llevo en el cuello la marca de un chip que me señala como “diferente”. Mis movimientos no son tan rápidos ni automáticos como los de un ser humano “normal”. Y pongo “normal” entre comillas porque, ¿qué significa realmente la normalidad? ¿Quién decide qué es normal y qué no? Por ejemplo, existen condiciones como la disautonomía, una disfunción del sistema nervioso autónomo que hace que el cuerpo no funcione “normalmente”. Estas enfermedades son parte de la vida, porque somos organismos vivos y las “fallas” forman parte de nuestra naturaleza.
Pero mi chip es una marca visible, un signo que me distingue, me hace más notoriamente diferente. La lentitud y cierta robotización en mis movimientos se vuelven la prueba para otros de que, aunque ahora pueda moverme, no soy igual que los demás. Como si el resto de las personas fueran homogéneas y “normales”, y yo quedara excluido por no cumplir con ese estándar socialmente construido.
Estuve solo dos años fuera de mi trabajo como investigador en psicología, así que regresar bajo leyes de inclusión no fue muy difícil. Sin embargo, no puedo evitar sentir la constante mirada de mis “colegas”, su trato que ya no es el mismo. Cuando estaba postrado en el hospital, me rodeaban con cariño o, mejor dicho, con caridad. Pero ahora vuelvo a un espacio donde me ven como a un extraño, alguien incómodo que despierta recelo y distancia. Me pregunto entonces: ¿cuál es el límite que define lo humano? ¿Dónde empieza la exclusión?
Un día, cansado de la hostilidad que me hacía sentir extraño, encaré a uno de mis colegas mientras revisábamos unas resonancias magnéticas.
—¿Por qué son así conmigo?
—¿Así cómo? —respondió sin mirarme, hojeando papeles con incomodidad. Sabía perfectamente a qué me refería.
—Distantes. Me tratan con miedo, apenas me hablan. No me miran, cuchichean cuando hago algún movimiento extraño o “me bugueo”. No entiendo, y quisiera que me lo expliques. ¿Me preferían paralizado? Al menos así me daban palabras de aliento y flores.
Se quitó los lentes, respiró hondo y finalmente me miró. Pero esa mirada tenía algo de hostilidad.
—Mira, no puedo hablar por todos, pero por mí sí. Te pido disculpas, porque antes éramos grandes amigos y ahora actúo como un idiota. Pero es que... eres diferente.
—Todos somos diferentes.
—Sí, pero es como si fueras un cyborg.
—Tú usas lentes.
—¿Y qué?
—¿No es un poco lo mismo? ¿No suples con algo artificial algo que por naturaleza no se te da?
—Eso es muy distinto a funcionar gracias a chips que conectan neuronas con acciones. Se nota, en tus movimientos.
—¿Y por eso merezco que me excluyan?
—Nadie te excluye. Estás aquí.
—Tienes razón, me refería a una inclusión subordinada.
—Insisto... creo que es la falta de costumbre a tu comportamiento “robótico” lo que nos hace dudar si eres humano o no.
—¿Y tú sabes realmente qué es ser humano?
—No entremos en preguntas filosóficas cuando la biología puede responder.
—Si no discutimos las preguntas filosóficas, difícilmente avanzaremos hacia una nueva visión de humanidad y tecnología. Quizás tenía razón cuando pregunté si me preferían inmóvil en una cama. Allí, para ustedes, era más humano que ahora.
Me levanté, dolido, y me fui. Por suerte, la jornada laboral estaba terminando.
Pienso que, de una u otra manera, todos somos cyborgs. Ese es el título de la ponencia que presento en el XXVI Congreso Multidisciplinario de Humanidades Aumentadas, y que dice más o menos así.
Desde las ciencias duras, un cyborg se define como un sistema bioelectrónico funcional: un organismo que integra componentes biológicos y tecnológicos de manera operativa y sinérgica. A diferencia de los enfoques filosóficos o teóricos, aquí hablamos de un sistema tangible donde dispositivos artificiales interactúan con tejidos vivos para restaurar, mejorar o ampliar capacidades fisiológicas. La ingeniería biomédica, la robótica y la neurociencia convergen en el desarrollo de implantes neuronales, prótesis avanzadas e interfaces cerebro-máquina que hacen posible esta simbiosis entre lo orgánico y lo artificial. Por ejemplo, tecnologías como los implantes cocleares (estimuladores auditivos electrónicos) han permitido a miles recuperar la audición, mientras que interfaces como las BCI (Brain-Computer Interfaces), investigadas por instituciones como el MIT o la Universidad de Stanford, abren el camino hacia la conexión directa entre pensamiento y acción.
Esta perspectiva enfatiza la funcionalidad por sobre la teoría: la tecnología se convierte en una extensión tangible y práctica del cuerpo humano. Desde este punto de vista, la frontera entre humano y máquina es difusa, y si entendemos así, la definición de cyborg no es futurista ni abstracta: es presente y concreto. Desde esta óptica, yo, con mi implante neural, soy sin duda un cyborg.
Sin embargo, afortunadamente también soy lector y estudioso de múltiples disciplinas. Por ello, aprecio profundamente la noción del cyborg propuesta por Donna Haraway en su emblemático Manifiesto Cyborg (1985), que dista radicalmente de una definición técnica. Para Haraway, el cyborg es una figura política y conceptual que desafía las rígidas categorías que han moldeado nuestras ideas sobre lo “natural” y lo “humano”. Ella usa el cyborg como metáfora para cuestionar las jerarquías tradicionales de género, raza y clase, así como las divisiones binarias entre humano/máquina, naturaleza/cultura y cuerpo/tecnología.
A diferencia de la ingeniería, cuyo objetivo es la eficiencia y la funcionalidad, el cyborg de Haraway desestabiliza los sistemas de poder que legitiman dichas separaciones. Este híbrido sin origen ni identidad fija habita los márgenes de lo establecido. No es hombre ni mujer, humano ni máquina, natural ni artificial. Su ambigüedad es su fortaleza: al no poder ser clasificado, revela que las categorías sociales y biológicas son construcciones culturales, no verdades absolutas. Así, el cyborg emerge como símbolo de resistencia contra el esencialismo, mostrando que la identidad es fluida y puede ser reinventada por medio de la tecnología y la imaginación política.
En una era donde la inteligencia artificial, los organismos transgénicos y las modificaciones corporales avanzan aceleradamente, Haraway nos invita a reflexionar éticamente sobre estas fusiones. Nos desafía a preguntarnos: ¿cómo podemos usar la tecnología para trascender desigualdades históricas? ¿Qué nuevas formas de existencia surgirán cuando aceptemos que lo “humano” nunca ha sido un ideal puro, sino un cruce constante entre biología y cultura? En este sentido, el cyborg no es una fantasía futurista, sino una realidad cotidiana que nos impele a reinventar lo posible.
Quisiera enfocarme en tres dicotomías que han sido fundamentales en el pensamiento occidental: Naturaleza/Cultura, Humano/Animal y Orgánico/Tecnológico. Más allá de estas oposiciones, parte de la evolución humana ha sido justamente la capacidad de crear herramientas, técnicas y tecnologías para sobrevivir y prosperar en un entorno hostil. Prótesis, órtesis e instrumentos diversos son extensiones de nuestro cuerpo y mente, y en ese sentido, también somos cyborgs.
Quizás esto parezca una afirmación radical, pero nos invita a cuestionar qué define a un ser humano. ¿Es el genoma? Personas con cromosoma X frágil o con síndrome de Down son indiscutiblemente humanas. Mi padre, que porta una mutación en el gen PKD-1 y sufre insuficiencia renal, es humano. Personas con disautonomía, con epilepsia o con cualquier condición que modifique su biología también lo son. Por lo tanto, a pesar de las variaciones genéticas, seguimos reconociendo la humanidad de cada individuo.
Entonces, ¿por qué se excluye a quien es un poco más cyborg que el resto? Aquella persona con marcapasos, el atleta con prótesis de pierna, la persona con implante coclear: todos somos ejemplos vivos de la fusión hombre-máquina. Lo que necesitamos urgentemente son espacios de verdadera igualdad, no inclusiones a medias ni actos de caridad que perpetúan jerarquías. Mucho menos reproducir estándares de normalidad obsoletos, cuando la noción de “humanidad”, entendida como cuerpo-especie, está en constante fluidez y transformación.
¿Cuál es el límite de lo humano? La respuesta es clara: ninguno. Ninguna disciplina, ninguna ideología, debería arrogarse el poder de definir o restringir ese límite, pues hacerlo es perpetuar paradigmas tan caducos y dañinos como el mito del “buen salvaje” versus el “mal salvaje”, o la división arbitraria entre “hombre” y “bestia”. Nuestros futuros merecen más que eso. Merecen una humanidad ampliada, diversa, híbrida y justa.
Luego de mi presentación, los aplausos llenaron la sala. Pero al día siguiente, y todos los días después, en el trabajo las cosas seguían igual: miradas esquivas, susurros apenas audibles, distancia impenetrable. La inclusión que me ofrecían no era más que un gesto frágil, una máscara bien ensayada para mantener la apariencia de progreso sin alterar las estructuras de poder ni la comodidad del “status quo”.
Mi chip —ese pequeño sello visible de lo que soy, de lo que la sociedad aún teme y rechaza— comenzó a fallar. Ese día, entendí que la humanidad no estaba en mis piernas, sino en cómo me miraron al verme caer. Y sé que pronto será el pretexto para que me releguen otra vez al silencio del postrado, al olvido funcional. Para que vengan a “expiar sus culpas” con tarjetas de ánimo, visitas protocolarias y palabras huecas desde la distancia segura del hospital.
La verdadera humanidad no se reconoce en aplausos efímeros ni en discursos bien escritos, sino en el acto cotidiano de aceptar lo diverso, lo imperfecto, lo distinto sin pedir que se camufle o se someta a las normas de la “normalidad”.
Ser humano hoy es ser puente entre el rito antiguo y la máquina. Pero esa lección parece, para muchos, demasiado difícil de aprender.
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