Cuento: Puerto.Kifafi


Es impresionante la cantidad de mitos y leyendas que convergen en esta franja montañosa y costera que llamamos Chile. Lo que más me llama la atención es que hay historias fascinantes que se pierden en relatos e historias magnificadas por la industria del entretenimiento. Y es que, todos conocemos Nosferatu, o Crepúsculo, pero desconocemos la historia de los niños Kifafi.

No es tan distante de Santiago. Yo sé que en esta región no tenemos mar, pero, quizás, podemos conectar con lo marítimo desde esta dimensión fantasiosa, que guarda muchos secretos. Esta es una de esas historias, ocurrida en 1946.

Los hermanos Kifafi eran tres hermanos que eran conocidos en la zona de San Antonio-Llolleo. Eran, también, muy queridos, y les gustaba mucho disfrutar la naturaleza que era visible en el ecosistema aún no totalmente invadido por el megapuerto.
En uno de esos días, un 31 de octubre, la Muerte se quiso hacer parte, para festejar su fecha. Estos hermanos estaban en el Estero San Pedro, junto a unos amigos, con jugarretas típicas de infancia: competencias y desafíos. El gran desafío del día era cruzar el estero. Los Kifafis, desesperanzados, ya habían perdido: no sabían nadar. Pero, la amabilidad de un amigo se impuso, ya que se ofreció a enseñarles a nadar.

El 1 de noviembre volvieron al estero, en territorio cercano a la Desembocadura del Río Maipo, a probar peripecias de nado. Todo iba bien, hasta que uno de ellos, Alí, se quedó atrapado en en el fango (eso eso lo que dicen). Desesperado, pidió a sus hermanos que lo socorrieran. Dos de ellos se lanzaron al estero, para compartir un fatídico destino.
El entierro se realizó en el cementerio parroquial, bajo una misa católica. Pero no hubo agua bendita, rezo ni bendición que pudiera detener el curso de los místicos hechos que se fueron dando luego de este accidente del día de todos los Santos. 


Lamentablemente, los espíritus de los Kifafi estuvieron lejos de ser santos. Alí, Abdelfacta y Jalil continuarían sus paseos y travesuras por el sector de Llolleo, revoloteando más allá de la muerte, bajo una extraña maldición. Sobre esto, tengo una teoría, pero les contaré un poco más del trayecto de estos tres hermanos en su camino post-mortem.

Los días primaverales en el sector se comenzaron a teñir de oscuridad, sangre, murmullos y temor. Y es que el 28 de noviembre, en Tejas Verdes, un agricultor descubrió que se habían perdido unos animalitos. El 29 los encontró muertos en la orilla de la playa, totalmente vaciados de sangre. En los días posteriores comenzaron a encontrarse más animales en estas extrañas condiciones, en el trayecto entre el Estero y la playa de Llolleo, dejando una estela marcada de que era en este sector específico que algo estaba sucediendo, se estaba dando sobreaviso. Las noches se volvieron negras, acompañadas de sonidos de chirridos de piso, chillidos de animales, guturales a la distancia. En medio del silencio nocturno, todo esto resaltaba aún más, quitando el sueño de los habitantes y alimentando el miedo.

La imaginación de la gente, ante hechos inexplicables que exceden a la razón. Los rumores comenzaron a esparcirse, conectando la muerte de los hermanitos Kifafi con estos asesinatos macabros, acusando directamente que se habían convertido en vampiros luego de sus muertes. En distintos medios actuales se critica que, siendo ya 1946, la gente siguiera creyendo en vampiros. Se nos olvida que un año antes había terminado una guerra “mundial” que destruyó todo aquello que creíamos que era la humanidad, así que, en realidad, todo es posible. Mientras algunos eran asesinados de manera inmediata, a otros nos matarían lentamente, desconectándonos de lo más básico de la naturaleza: la tierra y el mar. 

En fin, el resumen del “final” de esta historia, es que la familia Kifafi fue perseguida, tuvieron que aislarse, y hasta el día de hoy los vecinos de ese sector dicen que a veces ven pasear a tres niños pequeños vestidos de negro, pálidos, con la estética hollywoodense de vampiros, y que dejan de recordatorio de su existencia más animales, y la amenaza constante de que, en cualquier momento, los animales ya no sean suficientes.

Esta es una historia conectada con el mar. El estero, la desembocadura del Río Maipo, el Océano Pacífico. El territorio Chinchorro, las zonas de pesca artesanal. Un fragmento de las múltiples identidades que existen en este territorio, y que suelen ser olvidadas, o que tratan de ser opacadas.

Hace unos días en redes sociales apareció un registro de la playa Las Ventanas, en Puchuncaví. Una empresa de nombre X está vertiendo, tuberías en plena orilla del mar, aguas de desaladora. Un tono rojizo sangriento que sigue un camino artificial directo al mar. Sé que Puchuncaví queda lejos de Llolleo. Pero quiero llegar a que la leyenda del vampirismo no es tan descabellada como solemos imaginarnos hoy en día.

Yo les vengo con otra lectura de esta leyenda. Los espíritus del mar se encontraban acongojados desde hace décadas, pues ya presentían hasta dónde iba a llegar el “progreso” del hombre, y todas las vidas que iban a ser arrastradas por lo mismo. Pesca de arrastre e industrializada, buques de envío de grandes cargas, derrames inmensos de petróleo en el mar, basura en los arrecifes… lo que es nuestro triste presente, los espíritus lo veían venir. Y se levantaron en pie de guerra. Las aguas de la playa de Llolleo se agitaron, peleando contra la mano invisible pero expansiva de la Muerte, que se comenzó a extender como manto décadas antes de materializarse. En esa guerra, espíritus del mar resultaron heridos con el germen de la Muerte, y fueron a parar al estero para poder morir en paz. Todo eso cambió cuando los hermanitos Kifafi se zambulleron en sus aguas. Los espíritus heridos, infectados con el mal, fueron absorbidos por las almas de estos chiquillos, y quedaron atrapados en sus cuerpos para siempre.

Los hermanos Kifafi fueron maldecidos por los espíritus de agua, que murieron en guerra contra el progreso. Es por eso que, más que vampiros, tienen un hambre voraz e insaciable, y devoran todo a su paso. Es lo mismo que las megaempresas que están en las costas de nuestras playas. En 1946 ya había un movimiento de seres mitológicos por lo que sucedería en 1990: La instalación del megapuerto de San Antonio, que arrasó con entornos naturales, desplazó flora y fauna, quitó el acceso a la playa y alteró todo el habitar de quienes vivieron todas sus vidas en el sector. ¿Y les cuento algo? Están planeando expandirse y quitar la única playa que queda para uso abierto, la playa de Llolleo, peligrando un área de nidificación que es santuario natural. Si eso no es vampirismo, yo no sé lo que es.


El estero y la desembocadura son escenarios de una tragedia doble: La tragedia de los Kifafi, y las tragedias modernas. Escenarios de vampirismos dobles: el mítico, y el corporativo con su voracidad destructiva.

 
Y si eso no nos asusta más que mitos y leyendas que, en realidad, son metáforas y simbolismos, yo creo que merecemos perder.

Los espíritus ya fueron vencidos, ahora nos toca a nosotros.

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