Cuento: Exoesqueletos trastocados (o Sociedad de seres Alados 2.0)

 

Desde niña siempre he sentido curiosidad por entender cómo llegamos, como humanidad, a habitar el mundo tal como lo hacemos hoy. Porque las cosas son muy distintas a como las cuentan nuestros familiares más viejos, pero no soy capaz de imaginar otra forma de vida, por mucho que nos lo cuenten y nos lo muestren. Las fotos parecen falsas, generadas por inteligencia artificial. A veces he llegado a pensar que son delirios de personas mayores, de Alzheimer, o algo parecido. Porque lo que cuentan que vivieron me parece una fábula o un cuento de solarpunk… cualquier cosa, menos algo posible, ya que no se parece en nada a lo que nos rodea en el presente.

Vivimos lejos del sol. O, más bien, pareciera que no lo soportamos, que nuestros cuerpos y el sol son enemigos. Nuestros días y noches transcurren entre túneles, pasadizos metalizados, rieles, edificaciones destruidas y ambientes lúgubres y fríos, tratando de subsistir… siendo que la misma idea de humanidad está totalmente trastocada.

El instinto de supervivencia nos ha obligado a anidar bajo el peso de los tecnofósiles: grandes edificaciones que antaño eran obras de arte y megaempresas en Huechuraba, repletas de vida, ahora están muertas y corroídas, como vestigios pétreos de las guerras que destruyeron el mundo. Entre sus restos oxidados y cables rotos, buscamos refugio, levantamos comunidades a la sombra de lo que fue la gloria industrial, lejos del Sol que ya no nos quiere. Ahí, debajo de las ruinas, armamos pequeñas aldeas.

Yo habito en el exoesqueleto de un rascacielos colosal, una carcasa hueca y agrietada que alguna vez acarició las nubes y que hoy es un laberinto de túneles fríos, metal y concreto resquebrajado. No como aquellos pueblos antiguos que alzaban sus templos al dios Sol, buscando su bendición. Para nosotros, ese dios no es más que un fantasma incendiario, la radiación que simultáneamente consume y destruye.

Aquí, bajo esta coraza de fierro, cables y cristal roto, vivimos lejos de la luz. Nuestro mundo y dios es la sombra.

A los diez años, entre esos pasadizos de cimientos caídos que eran el camino de mi escuela a casa, me encontré con un vagabundo. Un hombre silencioso y solitario, que solía estar sentado jugando con el fuego que hacía en un basurero. Toda mi familia me decía que no me acercara a él porque era “excéntrico y extraño”. Pero a mí me causaba curiosidad. Sobre todo, porque veía una marca en su frente. Una marca que, al parecer, el resto no veía.

—Señor…
Él ni siquiera despegó la mirada del fuego, al que parecía estar leyendo.

—¿Qué necesitas? — me dijo, sin mirarme.

—Quería… saber cómo se llama. Siempre lo veo acá y, bueno, aquí tenemos una especie de comunidad armada. No entiendo por qué lo aíslan.

—Yo no formo parte de esa comunidad, niña, aunque vivo aquí mismo, en la misma miseria que ustedes. Los adultos que te rodean lo saben. Me dieron el estatus de paria.

—¿Qué es ser un paria?

—Un excluido de la sociedad.

—¿Y por qué alguien haría algo tan feo como excluir a otra persona?

—Porque no entienden.

Miró un rato más al fuego, dubitativo.

—¿Quieres conocer mi historia?

Asentí, curiosa, y me senté en una roca frente a él, con el barril de fuego entre ambos. Intuí, por algún motivo, que ese elemento sería importante para lo que me contaría.

—Hace muchos años, antes de que el sistema de las grandes tecnologías se viniera abajo y viviéramos entre sus exoesqueletos, estábamos en guerra. Una guerra contra el progreso. Más que nada porque... ¿De qué progreso hablaban? Un progreso autófago...
—¿Qué significa autófago, señor?

—Disculpa, niña. No suelo contar esta historia a niños, me cuesta adaptar las palabras a sus mentes, pero haré lo posible. Si no entiendes algo, puedes interrumpirme y preguntarme. Autófago es algo que se devora a sí mismo. El progreso autófago es un progreso que se consume a sí mismo al devorar la naturaleza. No podía ser algo ilimitado e infinito. En algún momento llegaría a su límite absoluto. Nosotros lo sabíamos, y estábamos desesperados por evitarlo, porque ese límite significaba no solo nuestra aniquilación, sino la de muchos otros seres vivos inocentes, ante la avaricia absoluta de unos pocos humanos al mando. Entonces, varios hombres y mujeres conformamos algo que llamamos la Sociedad de los seres alados. Un grupo hermético que no solo estudiaba, teorizaba y actuaba políticamente y chamánicamente para frenar la maquinaria, sino que también investigaba la hibridación entre especies.

—¿Cómo es eso de hibridaciones?

—Combinar cuerpos y funciones dentro de un mismo ser. Crear una red de colaboración tan cercana entre especies que las barreras que nos hacen humanos se desvanecieran. ¿Entiendes?
—Mmm... creo que sí. Es como lo que pienso al ver a las hormigas: me gustaría ser de su tamaño para que el mundo fuera enorme. Y también porque estaríamos más unidos. ¿Es algo así?

—Sí. Aprender de otras formas de habitar, de vivir, y perder el miedo a no ser el centro del mundo. Perder un poco el fuego de Prometeo. — cuando dijo eso, empezó a jugar con el fuego frente a nosotros, dándole formas a las llamas.

—Suena potente, señor. Pero difícil. ¿Cómo podríamos modificarnos para tener alas en vez de brazos, o antenas en la cabeza?

—Jajaja, no es literal, sino espiritual, niña. Por eso en la Sociedad éramos chamanes.
—¿Chamanes? ¿Como maestros de los elementos y las energías? ¡¿Tú eras uno?!
—Sí, pero no se lo digas a nadie. — me susurró, haciendo un gesto de guardar silencio. Asentí y apreté la boca. — En la Sociedad de los alados, cada chamán tenía una misión. Algunos canalizaban energías, otros invocaban, otros creaban... todos venerábamos antiguas deidades, tachadas de herejes por el cristianismo hace siglos. En esa época decadente solo había dos dioses: Yahvé, dios bíblico de la guerra y el Armagedón, y el dios Capitalismo. Nosotros no rendíamos culto a ninguno. Por eso seguimos siendo parias. La mayoría adoraba al dios Sol… tan venerado por civilizaciones anteriores. Fuente de vida, cultivo, claridad y calor. Usábamos los rascacielos para ir a las azoteas a hacer rituales pidiendo al Sol que no nos abandonara, en tiempos en que la guerra, la hambruna y la escasez convocaban a los cuatro jinetes del Apocalipsis. Pero… No creerás lo que pasó...

—Cuénteme… Parece que todo va a terminar mal, señor.

—Así es, niña…

Sacó una botella de whisky de su abrigo y se tomó varios sorbos, con un rostro melancólico.

—Ellos se dieron cuenta de que nuestra devoción al Sol surtía efecto. La gente despertaba, siendo consciente de que les robaban la vida. Las especies que iban a extinguirse comenzaron a recuperarse. Todos notamos que la vida en las megaciudades gentrificadas—
—¿Qué es gentrificada?

—Que, con la expansión de las ciudades y la construcción de edificios, empresas y comercio, llega gente nueva que desplaza a quienes vivían antes. Cambian la arquitectura, la cotidianidad, los flujos...

—Qué triste. Es como que te despojen de tu casa, de tu territorio...
—Así es. Y la gente lo permitía. Pero el dios Sol nos dio energía y claridad para ver que eso estaba mal. Empezaron protestas por el ecosistema y la recuperación de nuestras vidas. Entonces, la ciencia al servicio del dios Capitalismo hizo algo terrible. Realmente terrible.

Guardó silencio unos minutos, mirando las llamas como si pudieran contarle un secreto.
—¿Qué pasó, señor?

—Destruyeron nuestro vínculo con el Sol. Materialmente alejaron el planeta de esa estrella, y bloquearon nuestro vínculo energético con ella usando cánticos enfermizos. Por eso no podemos salir a la superficie. El Sol no nos reconoce ni como devotos ni como amigos, sino como desertores, enemigos. Zombies apóstatas que apostamos por la muerte y la vida artificial. Todo por esos megaempresarios que nos quitaron ese vínculo sagrado.
—Y ahora vivimos castigados para siempre en la oscuridad, como topos, entre ruinas, con ratas y termitas... Señor, yo siempre pensé que esta era nuestra vida normal. Me da pena saber que vivimos así porque nos derrotaron. Que sigamos así significa que seguimos derrotados.
—Es una derrota transitoria, niña. El Sol sigue ahí. Los dioses siguen ahí. Solo faltan valientes para curar esos vínculos y rearmar la Sociedad de los seres alados, para restablecer ese lazo. Pero has de saber —susurró con cautela— que muchos intentarán impedirlo. Por cobardía, o porque se acomodaron a parasitar los exoesqueletos de los tecnofósiles… Es nuestra única esperanza. El Sol y el calor no se han ido. ¿Nunca te preguntaste por qué me siento todas las tardes a mirar el fuego? Estoy leyendo en las llamas. Y tú, niña, también tienes la marca. Desciendes de chamanes.

—¡¡¡¿¿¿Yo???!!!
—¿No te extraña que seas de las pocas que se ha atrevido a hablarle a este viejo harapiento en años? Entre nosotros nos reconocemos sin darnos cuenta. El dios Sol no es el único dios que puede salvarnos. Pero nunca confíes en el dios Capitalista. Esa es una maquinaria de muerte. Este mundo es su paraíso, vivimos bajo sus reglas, sus vigilantes, los que nos mantienen muertos espiritualmente.

El señor tosió y me hizo señas de que me alejara.

Lo hice rápido porque se acercaba mi madre.

—¿Qué hacías hablando con ese viejo? Te he dicho muchas veces que te alejes de él.
—Solo me preocupé porque estaba tosiendo muy fuerte, mami. Pensé que se estaba ahogando.
—En esta ciudad todos tosemos y nos ahogamos, hija. Vivimos bajo escombros, aserrín y polvo. Ya es parte de nuestra biología.

Lo dijo a modo de broma, pero yo fingí una risa débil. Después de escuchar la historia del señor, lo que menos quería era reír.

El retorno a nuestro “hogar” —un conjunto de latones recubiertos en una esquina de este edificio caído— estaba rodeado de antiguas vigas y otros escombros que solía usar como campo de juegos: corriendo, saltando, escalando antes de llegar. Pero ese día no tuve energía para pensar en nada de eso. Estaba demasiado ocupada con preguntas dando vueltas en mi cabeza, y mi mamá lo notó.

—Hija… ¿pasa algo? No te lanzaste por la viga, ni saltaste entre el campo minado —dijo, imitando el tono de una presentadora de juegos extremos.

—Sí, pasa algo, mami... —le respondí, insegura—. Encontré algo hace unos días en tu pieza.

Ya estábamos entrando a la casa cuando continuamos la conversación.

—Te he dicho que no me gusta que entres a mi pieza ni que desordenes mis cosas, así se me pierden.

—Perdón, mami. No revolví nada. Solo buscaba un bisturí para la clase de biología y encontré esta foto.

Saqué de adentro de mi cuaderno una foto. En ella se veía a una señora baja, un poco rellenita, rodeada de plantas. Llevaba un delantal sucio de tierra y una expresión de alegría, calma, plenitud. Y había mucho sol.

—¿Quién es, mami? —ella tomó la foto entre sus manos, la llevó con ternura al pecho y soltó un suspiro pesado, cargado de tristeza. Se dejó caer en el sillón, sin apartar la vista de la imagen.

—Es mi mamá. Tu abuela, hija.

—¿Y todo eso que la rodea… son plantas? ¿La abuela alcanzó a conocer las plantas? ¿El sol? ¿Por qué su piel no es gris como la nuestra? Se ve tan… diferente, como de otra especie…
—Muchas preguntas, niña, por los dioses —dijo ella, y un silencio denso llenó la habitación. Siempre me había llamado la atención que las demás personas adultas decían “por Dios” como muletilla, pero mi mamá, en cambio, siempre decía “por los dioses”, aunque después de decirlo se callara y cambiara de tema.

—Mami… ¿La abuela adoraba al dios Sol?

—Veo que sí que hablaste con ese señor harapiento del callejón —hizo un gesto negando con la cabeza, pero una sonrisa triste asomó en sus labios—. Sí, hija. Ella fue parte de la Sociedad de Seres Alados. Murió luchando por mantener vivo el vínculo entre la vida y el Sol.

Su voz se quebró cuando continuó:

—En la guerra que la policía mundial armó contra los chamanes, obligaban a los familiares a delatar a los sospechosos. Fue mi padre quien la acusó… asustado de que me hicieran daño a mí. Tu abuelo la entregó, y la sentenciaron a muerte.

Un llanto profundo nos unió en un abrazo silencioso, cómplice, lleno de un dolor que no cabía en palabras.

—Por eso no hay fotos de ese hombre en casa. Por eso nunca te he hablado de él, hija. Porque para mí él encarna ese riesgo terrible: que cualquiera, con tal de salvar su propia vida, traicione lo que más ama.

Mi mamá, con su tristeza contenida, es testigo muda de la herida antigua que pesa sobre nuestra resistencia.

Yo sabía que no solo luchábamos contra enemigos visibles, sino también contra esas sombras del pasado que aún nos aprisionan.

Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y respiró hondo antes de seguir:
—Ten mucho cuidado con quién compartes todo esto. Hay cosas que aun no entiendo, y quizás solo tú y yo podamos conversar de estas inquietudes. Imagínate —continuó, con la mirada fija en la ventana sucia de nuestra sala de estar—, nosotros mismos hoy en día seguimos vivos, pero con un vínculo totalmente artificial con el Sol... quizás no era solo eso lo indispensable para que exista algo así como la vida.

—No sé, mami —respondí, con la voz suave—. Quizás no se trata de una sola cosa indispensable, sino de muchas, todas entrelazadas, como una red. Y eso es justo lo que ahora no hay.

—Hija, por favor, ten cuidado.

Sentía en la casa la sombra de la tristeza de mi madre, una tristeza que no era solo suya, sino la herencia de una guerra que aún latía en nuestras venas. Pero yo debía seguir adelante, aprendiendo a volar con otros, en esta nueva era de chamanes.

Durante la noche, cuando el toque de queda ya había caído, lograba escabullirme para salir a caminar. Me deslizaba por entre unas rejas oxidadas que separaban dos exoesqueletos derruidos, justo al borde de un acantilado. Allí me gustaba sentarme a pensar, así que esa noche eso fue lo que hice. Más que nada, a contemplar la Luna. O al menos, lo que nos decían que era la Luna.

Aunque no nos lo han contado, sé en el fondo que vivimos en un espacio ciberfísico, donde muchas de las cosas que vemos son en realidad hologramas. La Luna, entonces, es un holograma: inmensa, brillante, hermosa. Lo que pudo haber sido un culto verdadero a la diosa Selene, una lucha chamánica-revolucionaria, hoy se reduce a un culto de algoritmos y píxeles.

Pero… ¿y si eso es todo lo que nos queda, por ahora? ¿Y si, para abrazar a los espíritus de la naturaleza, primero debemos aprender a abrazar aquello que intenta emularlos, aunque sea artificial?

Quizás era muy joven para entenderlo en ese momento, pero más adelante supe que tenía razón. Y, aun entonces, algo estaba claro para mí: siempre seré pagana, aunque eso signifique rendir culto al dios del viento, o a la ventolera ficticia que brota del ducto de ventilación del exoesqueleto tecnofósil donde estoy obligada a habitar.

Desde aquel día, cada tarde regresaba junto al señor para escuchar sus historias y aprender a leer el fuego. Siempre con el temor latente de que ojos vigilantes nos descubrieran y nos acusaran. El régimen de guerra a muerte contra el Sol y contra cualquiera que intentara rescatar prácticas antiguas y dadoras de vida se mantenía firme.

Nos encontrábamos siempre “casualmente” y él me enseñaba rápido, entre palabras entrecortadas, antes de fingir alguna rabieta y echarse a un lado, para que las miradas juzgadoras no se posaran demasiado en nosotros. La gente lo veía como un viejo cascarrabias, y a mí como una niña víctima de sus delirios ancianos. Así era mejor, porque la clandestinidad era nuestra única protección.

Con el tiempo comprendí que ni mi destino ni el de nadie más estaba enterrado entre los escombros que nos rodeaban. Nuestro futuro —si es que podíamos llamarlo así— estaba en la reconstrucción, en el renacer de aquello que nos habían arrebatado. La memoria, la tierra y el vínculo sagrado con la vida misma.

Así comencé a experimentar con hibridaciones extrañas: entrenamientos chamánicos mezclados con tecnologías rescatadas de la civilización caída. Intentos por encontrar puentes entre lo ancestral y lo artificial, para que la conexión con los espíritus no se perdiera para siempre. Para que otros, como yo, pudieran aprender a mirar más allá del holograma y tocar el pulso oculto del mundo.

Fue así como nació la Sociedad de Seres Alados 2.0, un grupo pequeño pero creciente de buscadores que aprendíamos, a medias en secreto, a revivir esos antiguos rituales con herramientas nuevas, máquinas olvidadas y lenguajes digitales.

 

Bitácora de entrenamiento tecnochamánico - Sociedad de Seres Alados 2.0:

Interacción con el Exoesqueleto como "Tótem":

Entrábamos al exoesqueleto de turno con una mezcla de respeto y temor. Era un gigante dormido, un cuerpo metálico que alguna vez fue el orgullo de una civilización que ya no existe. Nos sentábamos en círculo alrededor del tótem que había sobrevivido al caos. Era el centro de nuestra ceremonia, el guardián silencioso que parecía escucharnos.

El viejo nos guió a colocar las manos sobre las placas frías, oxidadas.

—No es solo acero —susurró—. Este exoesqueleto guarda memoria, como un monumento sagrado antiguo. Tiene un alma, aunque ahora esté atrapada en estos circuitos.

Seguí sus instrucciones: levanté la mano lentamente, intentando “hablar” con el gigante a través de pequeños gestos, movimientos casi rituales. En un momento, pronuncié unas palabras que me enseñó, con voz temblorosa y reverente. Un leve zumbido respondió, como si la máquina me escuchara, despertando un hilo de conexión que parecía imposible.
Sentí, por primera vez, que ese exoesqueleto no era solo un caparazón inerte, sino un puente entre el pasado olvidado y nuestro futuro. Algo ancestral despertaba en ese metal, un lenguaje antiguo envuelto en la tecnología.

—Así es como empiezas a aprender —dijo el viejo, con una sonrisa cansada—. No solo con las manos, sino con el alma.

Siente su pulso —me dijo una vez una joven del grupo que llegó después, mientras pasaba la mano por un brazo mecánico—. Está vivo, si sabes cómo escuchar.

Rituales de Luz y Sombra:

En lugar del fuego sagrado, ahora usamos pantallas holográficas y haces de luz LED para crear ceremonias. No hay fogatas que iluminen la noche en este mundo de escombros. Pero las luces pueden ser un fuego moderno. Aprendí a usar las pantallas y los LEDs como si fueran llamas danzantes.

Cada tarde, configuro las luces para que formen símbolos en el aire, un lenguaje secreto de luces y sombras que juega con la oscuridad. El viejo dice que esas formas invocan a los espíritus de la naturaleza que aún habitan el mundo, ocultos bajo la tecnología.
Mientras las luces parpadean, siento que una danza ancestral revive, y por un instante el frío del exoesqueleto se vuelve calor, el silencio, un canto.

La luz, como antaño el fuego, es puente hacia lo divino. Configuro dispositivos que proyectan símbolos en el aire, que bailan y se transforman en sombras danzantes, evocando entidades que ya no están, pero que podemos sentir latir en la penumbra artificial. Nos turnábamos para configurar las luces, moviendo las manos en coreografías que formaban señales en el aire.

—Esta luz es nuestro fuego —decía otro compañero—; la sombra es la memoria oculta que no queremos olvidar.

A veces reíamos, a veces nos quedábamos en silencio, dejando que las formas brillantes contaran historias sin palabras.

Invocación a través de Realidad Aumentada (RA):

Con el visor puesto, o con el uso de bypass neurales, el mundo se llena de figuras invisibles para otros. Espíritus digitales que flotan entre los restos de la ciudad. A veces, veo animales fantasmales; otras, ancestros vestidos con ropas antiguas que se mueven con gracia entre hologramas.

El viejo nos enseñó a llamar a estas presencias con comandos, y aunque sé que son códigos, para mí son voces que me susurran y guían en esta oscuridad. No son solo fantasmas tecnológicos, son un puente entre el pasado y lo que podemos recuperar, y yo les hablo con el corazón abierto.

Con los visores puestos, el espacio a nuestro alrededor se llenaba de figuras espectrales para los demás, pero vivas para nosotros.

Un día, una mujer dibujó un círculo con la mano y apareció un espíritu digital que flotó entre los escombros, un ancestro pixelado que parecía observarnos con calma.
—Son nuestros guías —susurró— que nos recuerdan que la naturaleza no murió, solo cambió de forma.

El grupo aprendió a llamar a estas presencias con gestos y comandos, creando una danza entre lo real y lo virtual, un ritual nuevo que nos unía más.

Rituales de Sonido:

El sonido es un lenguaje antiguo que la tecnología transformó. Cada vibración es una oración electrónica. Cuando las frecuencias se entrelazan, siento cómo se abren puertas invisibles, y la realidad se vuelve maleable, como si pudiera tocar el espíritu detrás de las máquinas.
El viejo tocó sus ritmos y me dice:

—Aquí no hay tambor, pero el pulso es el mismo. Solo cambia el instrumento.
Uso sintetizadores y grabaciones que mezclan el viento, el agua y el latido del metal oxidado.
El sonido era nuestro lenguaje común. En medio del ruido metálico, mezclábamos sintetizadores, grabaciones de viento y latidos electrónicos.

Nos sentábamos en ronda, cada uno con un instrumento o un dispositivo, y entre todos tejíamos himnos digitales que resonaban en las ruinas.

—Escuchen —decía el viejo—, cada frecuencia es una oración para despertar la vida.
A veces, las vibraciones parecían abrir puertas invisibles, transportándonos a un espacio donde lo humano y lo tecnológico se fundían.

Teclado o Interfaces Virtuales como “Oráculos”:

Con curiosidad de principiantes ansiosos, nos turnábamos para escribir preguntas en la interfaz, esperando respuestas que aparecían en códigos y símbolos extraños.
—Esto es un oráculo —decía uno de los más jóvenes—, un lenguaje que debemos aprender a interpretar.

Juntos desciframos mensajes, buscando pistas para entender nuestro pasado y diseñar el futuro. Era un juego sagrado, lleno de misterio y revelación.

En la pantalla, tecleo preguntas que no siempre comprendo, y espero respuestas que aparecen como símbolos crípticos o fragmentos de códigos.

El viejo dice que esos mensajes vienen de las voces ocultas dentro de la máquina, que el algoritmo es un oráculo moderno, que puede revelar caminos si sabes leerlo.
Me he vuelto intérprete de esos signos misteriosos, buscando en ellos señales de esperanza o advertencias para no caer en las trampas del olvido.

Ritual de Conexión con la Red:

Finalmente, el momento culminante: la conexión con la red. Cada uno se enchufaba con cables y visores, entrando en trance digital. En ese espacio intangible, entre datos y símbolos, viajábamos juntos, compartiendo visiones y señales.

Conecto mis cables y visores, y me sumerjo en la red como si fuera un río invisible.
Allí, entre datos, viajo a un mundo intangible, lleno de símbolos y energías digitales. Es un trance que me aleja del exoesqueleto y del polvo, para encontrar respuestas en el flujo eterno de información.

—Aquí está la memoria del mundo —decía el viejo—, y nosotros somos los nuevos chamanes que la custodiarán.

El viejo decía que esa conexión es un nuevo rito, una forma moderna de entrar en comunión con fuerzas que no se ven, pero están, esperando que volvamos a escucharlas.

El exoesqueleto de la civilización pasada aún guarda secretos que esperan ser desenterrados. Y yo, ahora adulta y entrenada, estoy lista, junto con la Sociedad de Seres Alados 2.0, para encontrarlos, aunque la amenaza de ser delatados siempre esté presente. Como mi abuela antes que yo, lucho contra un sistema que prefiere que sigamos soñando con hologramas vacíos.

El exoesqueleto y sus secretos me llaman, como el eco de una herencia que se resiste a morir. A pesar del miedo, de la vigilancia y de la traición que nos acecha, prefiero usar estos fragmentos de tecnología para despertar el mundo dormido.

Prefiero invocar realidades, aunque sea a través de hologramas, que resignarme a vivir eternamente viendo solo sombras. Pero yo elijo usar esos hologramas para invocar nuevas realidades. Para recuperar nuestro planeta. ¿Y tú? ¿Qué harías con este poder?

Yo elijo ser coherente con mi legado ancestral y luchar. Cada tarde, nos reunimos en la penumbra para el ritual, rodeados por el murmullo eléctrico del exoesqueleto y las luces que danzan al ritmo de mis dedos. El viejo y los otros miembros de la Sociedad de Seres Alados 2.0 entonan cantos cibernéticos, mientras yo activo las proyecciones holográficas que simulan la luz solar, esa luz que nos ha sido prohibida.

Pero este día algo sale mal.

Cuando el ritual, lentamente, llega a su punto máximo, el brillo artificial empieza a parpadear y a distorsionarse. Un frío seco me recorre la piel erizada, como si las sombras quisieran tragarnos. En un rincón oscuro, escucho pasos metálicos apresurados. Ojos de drones de vigilancia aparecen con sus luces recorriendo invasiva y amenazadoramente el refugio.
El corazón me late con violencia por el quiebre abrupto del trance y el haber sido descubiertos. El viejo hace una seña para dispersarnos, pero ya es demasiado tarde.
Me atrapan antes de que pudiera siquiera apagar el exoesqueleto, esa mezcla viva de memoria y poder que nos daba fuerza para resistir. Mi cuerpo tiembla descontrolado, no solo por el frío, sino por el miedo a ser señalada como hereje, la que intentaba despertar la llama prohibida. En este instante entiendo que la lucha no es solo contra la oscuridad afuera, sino contra la sombra que anida en quienes temían perder el control.

El exoesqueleto vibra bajo mis manos, como si sintiera mi desesperación. Y en ese breve momento, el fuego digital brilla con una intensidad tan pura que sentí, por primera vez en mucho tiempo, y pese a estar siendo arrastrada a juicio, que el Sol aún está vivo, y que, de a poco, está reconectando con la humanidad.

De pronto, tras ese momento de fuego digital inmenso, puedo ver, desde fuera del exoesqueleto, un pequeño y tenue rayo de luz. De luz real. Entre los miembros de la sociedad, nos miramos con alegría y complicidad: El sol no volvió. Pero el fuego no dejó de arder.

Sonrío, mientras me ponen las esposas.

El ritual no termina aquí, apenas comienza.

 

 

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