Zona de sacrificio
A Emilia le gustaban las cosas que permanecían donde debían estar, aunque eso fuese subjetivo. Debían estar donde, a su criterio, debían estar. Las cucharas en el segundo cajón de izquierda a derecha, las llaves colgadas detrás de la puerta en el mismo orden, el carnet plastificado dentro del bolsillo interno de su abrigo azul, que llevaba incluso cuando no lo necesitaba. Había probado dejarlo en otros lugares, pero los otros lugares cambiaban; el bolsillo no. El carnet decía su nombre, una fotografía en la que no miraba directamente a la cámara y una serie de palabras que otros parecían entender mejor que ella. Era una credencial de discapacidad. Su madre solía decir que gracias a ese carnet podían acceder a beneficios, a atención, a facilidades que de otro modo no existirían. Emilia prefería pensar que era una llave. Las llaves abrían o no abrían. No requerían interpretación, no tenían detrás discursos sobre si era capaz, o funcional.
Un día, luego de unas elecciones problemáticas – y excesivamente bulliciosas - los cambios comenzaron, anunciándose rápidamente y poniéndose en marcha con aún más prisa. No hubo un día específico en que todo fuera distinto, sino una acumulación leve de variaciones que al principio parecían insignificantes. En la panadería dejaron de regalarle la marraqueta pequeña que a veces incluían sin cobrar. En la farmacia del barrio empezaron a pedir una firma adicional para retirar medicamentos, luego dos, luego un formulario nuevo que nadie sabía explicar del todo. Un código de barra. Las farmacias de los hospitales públicos… ni mencionar. Dejaron de despachar los medicamentos a los miles de pacientes que atendían diariamente, dejándoles a mitad de tratamiento, a mitad de la vida.
En la televisión se repetían palabras que Emilia comenzó a anotar en una libreta cuadriculada para no olvidar este nuevo mundo que comenzaba a operar más allá de los limites de su comprensión: optimización, reordenamiento, priorización. No era que no entendiera su significado, sino que le inquietaba la manera en que se usaban, como si reemplazaran otras palabras más precisas que ya no se pronunciaban. Como si la guerra contra lo vivo se hubiera agudizado en cierto punto donde ya no había vuelta atrás.
Su hermana Clara trabajaba en un colegio público. Una noche, mientras calentaban la sopa de la cena, le contó consternada que habían dejado de servir los desayunos en el comedor del liceo público. Después leche. Luego simplemente dejaron de servir comida. “Es temporal”, dijo Clara, ilusa, “están reorganizando los recursos”. Emilia no discutió, pero anotó la frase. Había algo en la repetición de ese tipo de explicaciones que le resultaba sospechoso, como si las palabras estuvieran diseñadas para cerrar preguntas en lugar de abrirlas. Esa transitoriedad falsa se volvió la regla: nunca más se volvió a servir comida en un liceo público, los niños dejaron de asistir a clases, aumentó la tasa de deserción escolar junto con la de explotación infantil. Más mano de obra, y analfabeta, anotó Emilia.
En el barrio empezaron a aparecer pequeñas ausencias: una vecina que ya no bajaba a comprar pan, el hombre que vendía verduras que dejó de instalarse los miércoles, una profesora del colegio que dejó de figurar en las fotografías. No había anuncios, ni despedidas, ni funerales. Solo interrupciones. Como si de pronto desaparecieran. No había dinero ni siquiera para funerales.
Cuando llegó el momento de renovar su credencial, Emilia reunió todos los documentos en una carpeta verde con un elástico rojo que la mantenía cerrada. En la oficina, la funcionaria apenas la miró antes de decir que su caso quedaba sujeto a revisión bajo nuevos criterios. Emilia preguntó cuáles eran esos criterios. La respuesta fue “actualizados”. Preguntó actualizados respecto de qué, bajo Ley de transparencia. La mujer repitió que debía esperar. En la plataforma digital apareció el mensaje “Solicitud en evaluación” y no cambió durante semanas. Emilia lo revisaba cada mañana, esperando una variación, una indicación más concreta, pero la frase permanecía intacta, como si no perteneciera al tiempo.
Clara dejó de responderle un martes. Al principio Emilia pensó que estaba ocupada. Luego llamó varias veces sin obtener respuesta. Fue al colegio y le dijeron que había pedido licencia. Fue a su departamento y encontró la cama hecha, una taza con restos secos de té en el lavaplatos y el cepillo de dientes aún húmedo. Ese detalle la perturbó más que cualquier otra cosa: implicaba una acción interrumpida, una continuidad quebrada. No era una ausencia completa, sino una detención en medio de algo.
Volvió al edificio gubernamental sin saber exactamente qué buscaba. Había notado antes un zumbido constante, un sonido bajo que parecía formar parte del fondo del lugar, como si siempre hubiera estado ahí. Decidió seguirlo. Atravesó un pasillo que no recordaba haber visto, abrió una puerta sin señalética y encontró una escalera de servicio que descendía. A medida que bajaba, el aire se volvía más tibio y el zumbido más nítido, hasta sentirse dentro del cuerpo, como una vibración regular.
La sala a la que llegó era amplia y blanca, iluminada de manera uniforme, sin sombras. En el centro se extendía una estructura compleja de conductos, superficies metálicas y cámaras cerradas por donde circulaba una sustancia espesa y pálida. Todo funcionaba con una precisión silenciosa, sin señales visibles de esfuerzo o violencia. A un costado había filas de cápsulas verticales, alineadas con un orden exacto. Emilia caminó entre ellas reconociendo fragmentos de vidas: una chaqueta, un bolso, una bufanda. Se detuvo frente a una cápsula que contenía el abrigo de Clara. No vio su rostro, pero supo que era ella.
En la superficie había una etiqueta: “Clasificación: recurso no prioritario”. Debajo, en letras más pequeñas: “rederivado a sistema de sostenimiento”. Emilia apoyó la mano contra el vidrio. Estaba tibio. Comprendió entonces que la máquina no era un secreto oculto en el sentido tradicional, sino una infraestructura. Todo lo que había observado arriba —los recortes, las dificultades, las evaluaciones interminables— no eran fallas, sino mecanismos de selección. El sistema no eliminaba de manera directa; reorganizaba, reasignaba, convertía. La diferencia entre vivir y desaparecer había sido traducida a un criterio administrativo.
Pensó en la palabra pertinencia, en la frase que había leído tantas veces en la pantalla. Ya no le parecía abstracta. Tenía un significado preciso: indicaba si alguien era necesario para que el sistema continuara funcionando en la forma en que estaba diseñado. Miró su credencial dentro del bolsillo, sintiendo el borde del plástico contra la tela. La fecha de vencimiento ya había pasado. Su solicitud seguía en evaluación. Por primera vez, entendió que la evaluación no era un trámite, sino un proceso en curso del que formaba parte.
Cuando salió a la calle, la ciudad seguía operando con normalidad. Las personas caminaban, los buses pasaban, las luces del edificio de gobierno permanecían encendidas en la distancia. Emilia levantó la vista hacia ese edificio y pensó que el zumbido no estaba oculto bajo tierra, sino distribuido en todas partes, integrado a la superficie de la vida cotidiana. No era que nadie lo oyera; era que había sido incorporado al lenguaje de las cosas aceptables.
Esa noche abrió su libreta y escribió una sola frase: no estaban quitando no solo derechos sociales, sino el derecho a vivir. Luego añadió otra, con la misma letra precisa: estaban definiendo qué vidas podían sostenerse. Cerró la libreta y guardó el carnet en su lugar habitual. Durante un momento consideró sacarlo, dejarlo sobre la mesa, interrumpir la rutina. Pero no lo hizo. Afuera, en algún punto bajo la ciudad, el zumbido continuó sin variaciones. A la mañana siguiente, cuando volvió a revisar la plataforma, el mensaje había cambiado. Ya no decía “en evaluación”. Decía “caso resuelto”. Emilia observó la pantalla durante varios minutos, esperando que apareciera algo más, alguna indicación, algún resultado. No apareció nada.
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